“A través de un proceso dialéctico de apropiación y exclusión, recuerdo y olvido, la sociedad israelí se ha definido a sí misma en relación con el Holocausto: se ve a sí misma como heredera de las víctimas y acusadora, llamada a expiar sus culpas y pecados, y así redimir su muerte. El Holocausto, a través de la figura de Auschwitz, se ha convertido en la principal referencia de Israel en sus relaciones con un mundo definido repetidamente como antisemita y siempre hostil: Israel se volvió inmune a las críticas e impermeable a un diálogo racional con el mundo que la rodeaba.” (Idith Zertal, Israel’s Holocaust and the Politics of Nationhood)

“Mientras que el genocidio de los armenios entre 1915 y 1923 suscitó la condena de casi todo el mundo, la comunidad judía de Palestina no le prestó ninguna atención, manteniendo frente a esas atrocidades una actitud silenciosa y egoísta.” (Yair Auron, The Banality of Indifference)

Estas citas sugieren que en la época de auge de los nacionalismos reaccionarios, entre las dos guerras mundiales, el sionismo y sus organizaciones se consolidaron como expresiones de una singular relación del pueblo judío hacia sus propias vivencias traumáticas. Tras siglos de matanzas y persecuciones, los judíos desarrollaron una profunda insensibilización y hostilidad hacia el mundo no-judío, actitud que sólo se vio reforzada por el Holocausto.

Esto podría explicar que de entre las diversas tendencias del nacionalismo judío, después de 1945 hayan predominado las más extremistas y violentas: el sionismo revolucionario y el sionismo revisionista. Estas corrientes exigían la ocupación violenta de Palestina, la expulsión y exterminio de sus habitantes nativos, la creación de una “gran Israel” sobre los territorios de Palestina, Líbano y Siria, y la negativa intransigente a cualquier tipo de negociación.

En Palestina siempre habían existido comunidades judías, pero en 1920 empezó a operar allí una organización paramilitar sionista, la Haganah, que actuaba como brazo armado de los colonos. Haganah tomó parte en varios enfrentamientos con el naciente movimiento nacionalista árabe. Aún así, los sionistas de derecha pensaban que Haganah era demasiado moderada, y crearon sus propios grupos paramilitares radicalizados. Uno de esos grupos era Irgun, que operó en Palestina desde 1937 hasta 1948. Irgun seguía la doctrina de Zeev Jabotinsky, un sionista revisionista que afirmaba el derecho de los judíos a ocupar toda Palestina y a tomar represalias violentas contra cualquier árabe que se opusiera.

En 1944 la banda Lehi, otra milicia sionista, asesinó al ministro británico de Asuntos de Medio Oriente, y poco después Irgun bombardeó la sede de la administración británica en Palestina. Ambos grupos perpetraron crímenes atroces como la masacre de Deir Yassin o la masacre de al-Dawayi, en las que asesinaron brutalmente a cientos de aldeanos palestinos, incluyendo niños, mujeres y ancianos indefensos. En 1948, cuando se estableció el estado de Israel, ambas milicias fueron incorporadas a las Fuerzas de Defensa de Israel. Más tarde conformaron un partido llamado Herut, antecesor del partido Likud, que ha sido la fuerza política más influyente en Israel desde 1977.

Herut se ofrecía como alternativa al sionismo revisionista tradicional, al que los milicianos ultraderechistas de Irgun consideraban demasiado prudente. El programa de Herut se centraba en tres demandas: Israel no debe retirarse de los territorios ocupados; no debe haber ningún alto al fuego y ninguna negociación con Palestina; la Franja de Gaza y Cisjordania deben ser anexadas a Israel sin condiciones. En esa época las corrientes principales del sionismo, el centro político y la izquierda, así como numerosos intelectuales judíos, calificaban a Herut como un partido terrorista, y lo comparaban constantemente con los partidos nazi y fascista.

Tras sucesivas crisis y altibajos, Herut se fortaleció al integrarse en el gobierno de unidad nacional durante la Guerra de los Seis Dias, en 1967. Más tarde Herut se fusionó con otros partidos de derecha dando lugar al partido Likud, que en 1977 obtuvo una victoria electoral aplastante. Likud gobernó Israel durante toda la década de 1980, y desde entonces ha formado parte de todos los gobiernos israelíes. En 1996 su candidato Benjamin Netanyahu ganó las elecciones, convirtiéndose en primer ministro, cargo que hasta hoy ha ocupado tres veces.

Así que Likud es el heredero y continuador de una política que ha estado vigente por más de un siglo: la del sionismo de ultraderecha, defensor a ultranza de la expansión agresiva de Israel sobre los territorios palestinos y árabes, así como la expulsión violenta y el exterminio de sus poblaciones originarias. Esta política tiene un fuerte componente racista, ya que sistemáticamente ha privilegiado la emigración hacia Israel de judíos europeos blancos, por sobre otros grupos judíos de composición étnica diversa.

Tras más de cuarenta años de predominio político, los sionistas de derecha han consolidado en Israel una rígida división clasista: los israelíes de primera clase, adinerados y blancos, están por encima de los israelíes de segunda clase, trabajadores y de origen étnico no europeo; y éstos a su vez están por encima de los llamados “árabes israelíes”, en su mayoría de origen palestino. Los habitantes de las zonas ocupadas en Cisjordania y la Franja de Gaza están en el último estrato, e incluso se puede decir que están fuera del sistema de clases, ya que sólo cuentan como un obstáculo a la expansión de los asentamientos coloniales israelíes. Esa es la razón por la que son tratados como prisioneros y están siempre al borde del exterminio.

Los dirigentes sionistas han sabido utilizar hábilmente los traumas del pueblo judío, convenciéndoles de que el establecimiento de la mítica “Gran Israel” es la única garantía de no ser víctimas de un nuevo Holocausto. Esa manipulación del terror ancestral de los judíos ha favorecido un odio racial extremo, que hoy lleva a muchos israelíes a tratar a los palestinos con la misma crueldad inhumana con que los nazis les trataron a ellos hace 80 años. Aunque mucha gente habla de una “solución de dos estados”, ni esos dirigentes ni sus dirigidos han tenido nunca el menor interés en tal solución, porque ello supondría frenar la expansión territorial de Israel. De hecho, al asentar a un millón de colonos en territorio ocupado, Israel ha cerrado esa salida definitivamente.

Así que lo que hemos visto en la Franja de Gaza en las últimas semanas es más o menos el mismo tipo de política estatal expansionista y genocida que es típica en la civilización moderna, pero con un ingrediente adicional. En la extrema crueldad de los oficiales y civiles israelíes, en sus mentiras descaradas, en sus burdos intentos de manipulación, en su prepotencia brutal, y en su indiferencia fanática hacia la posibilidad de una guerra generalizada que podría borrarles del mapa también a ellos, vemos la erupción de un perturbador terror enloquecido. Todo indica que en un momento de extrema tensión geopolítica global, en el enclave imperialista estadounidense en Medio Oriente han brotado violencias traumáticas que estuvieron pulsando por mucho tiempo en las entrañas del pueblo judío y de la civilización moderna en general.

Si Idith Zertal y Yair Auron tienen razón, la liberación del pueblo palestino va a requerir no sólo de una victoria política y militar sobre los ocupantes sionistas, sino que tendrá que implicar, necesariamente, un cambio muy radical en la relación de los judíos hacia su propio pasado traumático. Pero ese cambio no va a ocurrir espontáneamente. No podemos sentarnos a esperar que los judíos elaboren terapéuticamente sus terrores infantiles y así dejen de cometer asesinatos en masa. Hay que mostrarle al pueblo judío que la derrota política y militar de sus dirigentes sionistas no equivale a un nuevo Holocausto. Hay que mostrarles que la liberación de los palestinos es también la liberación de los judíos. Sólo así podrán descubrir que su papel redentor no consiste en repetir sobre otros las atrocidades que se cometieron contra ellos.

La solución de dos estados ya no es posible y no hay que perder tiempo discutiéndola inútilmente. Por otra parte, el objetivo final de los sionistas de derecha nunca ha sido realmente tener un “estado-nación judío”. Para ellos el estado-nación sólo es un medio para un fin mayor: la “gran Israel”, una entidad mítica-religiosa en la que los palestinos y árabes sólo tienen el papel de exterminados, expulsados y esclavos. Esto significa que cualquier solución de “un sólo estado” en el que coexistan judíos y palestinos, requeriría la completa destrucción del sionismo de derecha. Tal cosa no es posible dentro de la democracia liberal capitalista, por la misma razón que la democracia liberal capitalista nunca ha erradicado el nazismo, a pesar de todas sus lamentaciones hipócritas. La democracia liberal capitalista es fundamentalmente racista, colonialista y genocida: es el caldo de cultivo perfecto para engendros terroristas como el partido de Netanyahu y sus aliados internacionales.

Si cabe hablar de una solución de “un sólo estado”, ésta sólo puede referirse a un estado socialista, proletario, que tome rápidamente medidas para suprimir las bases materiales del clasismo y la xenofobia. Esto implica, naturalmente, derogar la propiedad privada de los medios de producción y desmantelar el aparato estatal burgués que le da sustento legal y material. Entre la población judía de Israel no existen hoy, ni es probable que vayan a existir en el futuro, fuerzas políticas capaces de impulsar esta solución. Si en alguna parte existe esa visión y esa voluntad, es en las fuerzas de la resistencia palestina que están soportando la ocupación y el genocidio. Su victoria militar es poco probable, pero su victoria política sí lo es, y ella depende de todo el resto de nosotros, palestinos por adopción en la lucha.

Las fuerzas combatientes de la liberación palestina nos están mostrando el camino: resistencia tenaz sin brutalidad, astucia política sin hipocresía, audacia militar sin arrogancia. Y las movilizaciones masivas de las últimas semanas en todo el mundo también han hecho lo suyo: con la liberación del pueblo palestino, los judíos podrán al fin liberarse de sus miedos y de los dirigentes que los manipulan, y ambas cosas sólo serán posibles mediante la lucha de todos los pueblos oprimidos del mundo.

@bolchebeat