Este texto es un posfacio al artículo El genocidio en Gaza y la burbuja del radicalismo abstracto, publicado en esta misma web hace unos días.


La consternación inicial provocada por el ataque islamista del 7 de octubre y por la propaganda occidental, ha empezado a ceder. Ahora es obvio que, desde cualquier ángulo que se mire la situación, las fuerzas palestinas que tomaron la iniciativa hace dos semanas consiguieron lo que querían y los dueños de Israel ya están derrotados. En el ámbito de la guerra y de la política, está derrotado todo aquel que se encuentra en una situación en la que, haga lo que haga, no puede obtener más ventaja de la que tendría si hubiese sabido evitar esa situación a tiempo. El gobierno de Netanyahu metió a Israel en una trampa de la que ya no puede salir.

Este es el motivo por el que algunos analistas han dicho en días recientes que la operación “Inundación de al-Aqsa” es la acción político-militar más inteligente y mejor planeada del último siglo: Hamás sabía de antemano cuál iba a ser el resultado de su ataque, y dos semanas después la situación geopolítica global es exactamente la que Hamás quería provocar: la entidad sionista de Israel es hoy más débil y está más deslegitimada que hace dos semanas, mientras que el mundo árabe ha recibido una súbita descarga de energía moral y política que le fortalece y unifica, validándole internacionalmente en su histórico rechazo al enclave judío. En este sentido, no importa cuánto repudiemos la efectivamente cuestionable táctica de Hamás, el hecho es que la correlación de fuerzas propiciada por su acción está lejos de interesar únicamente al fundamentalismo islámico. En lo que respecta al conflicto suscitado por la ocupación judía de Palestina, la situación abierta el 7 de octubre favorece a todo el mundo árabe, que ve debilitarse a un enclave sionista percibido desde el primer día como una amenaza militar directa y una cabeza de puente del imperialismo atlántico en la región.

Se entiende mejor este resultado si se revisan sus antecedentes previos. Para empezar, consideremos qué fue lo que llevó al ultraderechista Netanyahu a cometer la estupidez de responder al ataque de Hamás como si se tratase de una Intifada (no lo era). Desde hace algunos años Netanyahu ha sido protagonista del más espectacular juicio por corrupción del que se tenga memoria en Israel, enfrentando cargos por soborno, fraude y abuso de confianza. Estos cargos se relacionan con la compra por parte del gobierno israelí de submarinos fabricados en Alemania, y con beneficios fiscales otorgados ilegalmente a multimillonarios ligados a la industria cinematográfica, de televisión y de telecomunicaciones. Ya iniciada la persecución penal en 2019, Netanyahu no sólo no dimitió, sino que reafirmó su voluntad de seguir gobernando, bajo el argumento de que “nada me hará desviarme de esta sagrada misión”. Dentro de Israel esto fue interpretado mayoritariamente como prueba de “un egoísmo peligroso”, y como signo de una preocupante crisis de las instituciones y de la legalidad.

Nada de esto impidió a Netanyahu seguir adelante con su política, y a mediados de 2018 su sector consiguió que el parlamento aprobara la llamada Ley del Estado-nación, que consagra a Israel como un estado nacional en los territorios ocupados. La ortodoxia judía, que no carece de influencia política en el país, considera dicha ley como una herejía, ya que de acuerdo con sus preceptos no puede haber un estado de Israel antes de que el Mesías regrese y el Templo sea reconstruido. A continuación, como si su legitimidad no pudiera estar más cuestionada, Netanyahu impulsó una reforma judicial que debilita la autonomía del poder judicial y le facilita a él eludir los procesos penales en su contra. Esta maniobra hizo que en julio cientos de miles de israelíes protestaran en las calles, quedando el gobierno de Netanyahu en su punto más bajo de legitimidad.

Simultáneamente, en los últimos años el gobierno israelí ha dirigido importantes esfuerzos diplomáticos hacia los dirigentes de Arabia Saudita, a fin de fortalecer su posición geopolítica en el mundo árabe y asegurarse el acceso a las reservas fósiles en el Golfo Pérsico. Para lograr esto Israel necesitaba distender sus tensas relaciones con Hamás y la Autoridad Palestina, y con este objetivo aumentó significativamente en los últimos meses la cantidad de permisos de trabajo otorgados a palestinos para que puedan ingresar a territorio israelí desde Cisjordania. Con esta medida Netanyahu quería congraciarse con el empresariado judío dándole nuevas reservas de fuerza de trabajo barata; y al mismo tiempo aliviar la tensión con Hamás, que vería así mejorada su capacidad de gobernar a la población palestina y que supuestamente devolvería al favor reduciendo las hostilidades. Como lo dejó claro el 7 de octubre, dicha expectativa fue un grave error de cálculo: acostumbrado a negociar la rendición con dirigentes palestinos corruptos que viven en mansiones de lujo en Cisjordania y que acuden en jets privados a depositar en sus cuentas personales la ayuda internacional enviada a la resistencia, Netanyahu creyó que con Hamás las cosas serían igual de sencillas. Basados en ese cálculo erróneo, los servicios de inteligencia creyeron que el ataque que se preparaba sería uno más de tantos otros ataques de menor envergadura, algo completamente manejable y que además le daría a Netanyahu una excelente excusa para volver a validarse como garante de la seguridad de Israel.

Dos semanas después, el 80% de los israelíes culpa a Netanyahu por no haber previsto el ataque, y la poca legitimidad que le quedaba a su gobierno hoy está completamente destruida. Al ver rotas las defensas israelíes en la frontera sur -las más fortificadas y seguras de todo el perímetro ocupado- los dirigentes sionistas entraron en shock, y es ese estado de ánimo lo que les empujó hacia la respuesta completamente demencial que han efectuado: el bombardeo masivo sobre la población civil de Gaza y la ineficaz campaña de fake news que lo acompaña, no forman parte de ninguna estrategia premeditada, son la reacción exasperada de una dirigencia política que intenta conjurar a como de lugar su inminente colapso, movilizando detrás suyo a los elementos más fanáticos, oportunistas y moralmente descompuestos del chovinismo israelí. Y en eso precisamente consiste la trampa tendida por Hamás, que según todos los indicios preveía esta reacción y la imposibilidad de que Netanyahu pusiera marcha atrás una vez que hubiese pisado el palito. Dado que la mayoría de los israelíes ya no cree ni en la legitimidad de Netanyahu ni en la capacidad defensiva que sea capaz de ofrecerles, hoy no les queda más remedio que ponderar las consecuencias de haberse dejado gobernar por una pandilla de incompetentes, corruptos y mentirosos, y están descubriendo con horror que debido a esa equivocación son ellos los que están hoy en una posición desesperada: 10 millones de israelíes percibidos por casi todo el mundo como unos blanquitos racistas fanáticos, rodeados de más de 400 millones de árabes cuya furia crece con cada misil sionista que explota en los barrios sobrepoblados de Gaza.

La incursión terrestre israelí en Gaza es inminente. Dadas las condiciones descritas, de todos los escenarios improbables, el más improbable es que Netanyahu ponga marcha atrás. Retroceder significaría admitir que Israel es militarmente vulnerable, que Hamás está en posición de negociar como cara visible del islamismo árabe, y que Israel no tiene más opción que convivir con un estado palestino de pleno derecho. Así que la operación terrestre es inminente, pero sea cual sea su resultado, quien saldrá perdiendo será Israel, incluso si sus FDI consiguen erradicar a los militantes de Hamás de la zona norte de Gaza, o de la franja costera completa. Israel va a perder, en primer lugar, porque los líderes de Hamás no se encuentran en Gaza sino en otros países, y la aniquilación de algunos miles de sus combatientes en Gaza sólo tendrá el efecto de aumentar exponencialmente su capacidad de reclutamiento entre la población palestina masacrada y en los países vecinos. Esto, suponiendo que las FDI consiguieran desplegar una capacidad militar terrestre efectiva en Gaza, de lo que se puede dudar, porque si bien las FDI cuentan con algunos cuerpos de élite capaces de combatir en un área urbana con 6 mil habitantes por kilómetro cuadrado, la gran mayoría de sus efectivos son soldados que en los últimos treinta años han estado destinados a tareas de control policial y sólo se han dedicado a fracturar huesos de niños indefensos y a acosar a chicas palestinas de quince años. Hamás por su parte ha tenido años para construir una compleja red de búnkers subterráneos en los que ha almacenado agua, comida, armamento y municiones suficientes para enfrentarse a las FDI sin mayores inconvenientes, en su propio terreno y con el apoyo de una población civil a la que no le han dejado ninguna otra salida que volverse también combatiente.

Un dato particularmente revelador de la imbecilidad del partido ultraderechista Likud y de su líder Netanyahu, es que la táctica que hoy están empleando en Gaza ya había sido utilizada contra Líbano en 1982, y había demostrado ser un fracaso de proporciones. En aquel entonces, la “Operación Paz para Galilea” había consistido también en una campaña inicial de bombardeos rasantes sobre Beirut, seguida de una incursión terrestre en la que casi 80 mil soldados israelíes apoyados por 500 tanques se enfrentaron a 12 mil soldados palestinos. Después de una victoria táctica predecible y de 3 años de ocupación, Israel se retiró arrastrando consigo la mayor derrota estratégica de su historia: la guerra en Líbano había suscitado un enorme movimiento internacional de apoyo a Palestina, llevado a la ONU a emitir una condena oficial de Israel como “agresor”, y puesto a EEUU en una situación en la que no tuvo más remedio que obligar al primer ministro israelí Shimon Peres a sentarse en la mesa de negociaciones. Todo esto llevó a que una década más tarde Israel tuviese que firmar los Acuerdos de Oslo en los que reconocía la existencia legal de la OLP, la misma organización a la que durante años se había empeñado en presentar como “terrorista”, y que era precisamente a la que había intentado expulsar de Líbano en 1982. Todo el asunto le costó a los dirigentes israelíes un enorme gasto militar sin beneficios estratégicos, un desprestigio internacional e interno del que nunca se recuperó del todo, y el fortalecimiento a largo plazo del enemigo al que habían tratado de destruir.

El ascenso de Netanyahu y su sector político en los últimos años fue la réplica tardía de todo ese proceso. A mediados de los noventa Netanyahu había hecho una fervorosa campaña mediática para desacreditar a Yitzhak Rabin, el entonces primer ministro israelí que había puesto su firma en los Acuerdos de Oslo, acusándole de ser un nazi que había traicionado al pueblo judío al aliarse con sus enemigos islamistas. El resultado de esta campaña fue que en noviembre de 1995, durante un acto público en favor de la paz, Rabin fue asesinado por un sicario israelí que hasta el día de hoy sigue siendo defendido por la ultraderecha sionista. En las elecciones anticipadas que siguieron al atentado, el líder de ese sector, Netanyahu, ganó por primera vez el cargo de primer ministro, enarbolando la bandera de la seguridad y de la guerra contra los palestinos. Desde entonces la población israelí entró en un bucle creciente de pánico, sintiéndose cada vez más amenazada -al punto de aplaudir con entusiasmo la construcción de un muro descomunal-, y en consecuencia se ha vuelto cada vez más extremista: las escenas de colonos israelíes incendiando viviendas de palestinos en Cisjordania, las manifestaciones xenófobas, las burlas crueles que hoy se difunden de parte de ciudadanos israelíes hacia los palestinos masacrados, todo eso no tiene nada contentos a la mayoría de los judíos de Israel y del resto del mundo. No son pocos quienes recuerdan que fue Netanyahu quien convenció al Congreso de los Estados Unidos de que Irak poseía armas de destrucción masiva -aún cuando los servicios de inteligencia israelíes sabían que eso no era cierto-, para desatar una guerra que a la larga sólo hizo más vulnerable a Israel frente a los grupos fundamentalistas islámicos. También es de conocimiento público que Netanyahu maniobró hábilmente para que una guerra civil en Gaza llevara al poder al grupo político-militar Hamás, en una deriva que convirtió a Gaza en un campo de reclutamiento yihadista.

Ciertamente, Hamás puede ser derrotado militarmente en Gaza, pero eso sólo le va a fortalecer como ideología y como movimiento organizado en toda la región árabe. En una incursión terrestre las FDI perderán a miles de soldados, el costo político para Netanyahu y sus amigos será definitivo, y tras él caerá todo rastro de legitimidad de Joe Biden, Rishi Sunak y Ursula von der Leyen; sin contar con que en apenas dos semanas la ya deteriorada imagen internacional de Israel y de sus partidarios ha sido hecha pedazos. La mayoría de los estadounidenses desaprueba el envío de ayuda militar de Estados Unidos a Israel, y esa actitud negativa sólo refuerza las dudas que ya tenían sobre el apoyo militar y financiero a Ucrania, en circunstancias que las infraestructuras estatales en Estados Unidos están prácticamente colapsando y a duras penas se puede decir que exista algo así como un sistema de salud pública. Por otra parte, el principal activo que en esta guerra tenía Israel, es decir, su despliegue masivo de propaganda y desinformación, no está funcionando: la consistente respuesta de millones de usuarios de redes sociales y la acción de muchos medios independientes consiguieron en pocos días romper el cerco informativo y tecnológico, y debido a esto en los últimos días se han multiplicado en todo el mundo manifestaciones masivas de repudio que recuerdan a las protestas contra la guerra en Irak veinte años antes, e incluso hacen pensar en la movilización internacional contra la guerra en Vietnam en una época ya lejana. Esto quiere decir que Netanyahu está perdiendo la guerra de la información, y el ejemplo más claro de ello es la actual operación propagandística que se está llevando a cabo para acallar las protestas internacionales: veinte camiones con ayuda humanitaria fueron ingresados en Gaza mientras eran grabados en directo por las principales cadenas de televisión, a fin de edulcorar la imagen de Netanyahu como cara visible del genocidio. Comparada con los 600 camiones que atravesaban diariamente el paso de Rafa antes del 7 de octubre, esta “ayuda” es irrisoria, sobre todo considerando que se ha vuelto imposible reportar en tiempo real las atrocidades que las FDI siguen perpetrando en Gaza con la munición regalada por los Estados Unidos. Lo que sí está claro, a la vista de las tensiones explícitas entre Rusia y los Estados Unidos y la reciente movilización de recursos nucleares estratégicos en Siberia y Corea del Norte, es que la continuación del genocidio en Gaza y la inminente incursión terrestre sólo aumentan la posibilidad de que el conflicto escale hacia un enfrentamiento hemisférico generalizado, en cuyo caso es casi imposible que dicha escalada no contemple ataques nucleares tácticos, y posiblemente estratégicos.1

Naturalmente, como ya lo sugerí antes, en este contexto la tarea obvia de cualquier anticapitalista en general, de cualquier comunista en particular, y de cualquier ser humano decente, consiste en tomar parte en la campaña masiva de denuncia del genocidio en Gaza. Esta respuesta hay que verla bajo una luz desacostumbrada: no se trata de una opción equivalente a cualquier otra, sino de una necesidad objetiva tan imperiosa como la de socorrer a alguien que acaba de ser atropellado justo afuera de tu casa. En tal circunstancia, no te sientas a reflexionar sobre lo imprudente que fue esa persona al cruzar la calle en mitad de la cuadra, y no te asomas a la ventana para explicarle a los transeúntes que el accidentado habría hecho mejor en usar el paso de cebra de la esquina. En una situación así lo que haces es actuar lo más rápidamente posible para salvarle la vida, sabiendo que una vez superado el momento más difícil esa persona tendrá tiempo de sobra para aprender la lección, y que incluso podrías impartir talleres comunitarios de educación vial. En nuestra coyuntura, ponerse en acción pasa por asumir hasta qué punto los medios digitales se han convertido en un auténtico campo de batalla. Sin duda los señores de la guerra y del capital preferirían que hoy día un genocidio en Medio Oriente fuera tan invisible como el que perpetraron en Irak en 2003, pero dado que internet se desarrolló del modo en que lo ha hecho, hoy no tienen más remedio que desplegar en el campo digital una batalla encarnizada, convirtiendo a internet en una extensión del terreno donde despliegan sus operaciones militares. En este campo de batalla todas las acciones personales se suman ya sea a los efectos masivos de falsificación, de develamiento, de persuasión o de resistencia, y la consecuencia inmediatamente visible de esta batalla es que cientos de miles de personas se han manifestado en las calles de todo el mundo, y los gobiernos pro-israelíes han sido impotentes en detener la marea de protestas. Esto no ha bastado para detener el genocidio, pero sin esta primera irrupción masiva sería imposible pensar en ninguna escalada de movilizaciones que llegue a influir en ese sentido, y que suscite resistencias multifocales.

Tal como argumenté anteriormente, todos nuestros esfuerzos deberían ir dirigidos ahora a incrementar la presión política, diplomática y comercial sobre la entidad sionista de Israel, a fin de forzar su retirada de Gaza. Aún cuando sepamos que la administración de Netanyahu no tiene ningún motivo para retroceder, debemos exigir su retirada de Gaza simplemente porque eso es lo correcto en términos humanitarios, políticos y sociales. Si esto implica que circunstancialmente respaldemos los llamamientos genéricos en favor del pueblo palestino, sin especificar el contenido de clase de su resistencia, esto no debería disuadirnos. Cuando la gente defiende a “el pueblo palestino” sabe perfectamente que, como cualquier otro pueblo, es uno en el que conviven explotados y explotadores, y el hecho de que se lo recordemos en medio de la emergencia no va a hacer que se vuelvan más anticapitalistas de lo que ya eran, o no eran. Es un error partir siempre del supuesto de que la gente es estúpida o ignorante, y que debemos enseñarles cómo son las cosas en realidad.

Por supuesto, mientras agitamos contra el genocidio en Gaza nada nos impide incluir consideraciones sobre el conflicto de clases que atraviesa a Palestina, y nada nos obliga a guardar silencio sobre el papel reaccionario de la Autoridad Palestina, de Hamás, o de cualquier otra dirigencia política. Lo que está en discusión es la pertinencia táctica de tales denuncias. Esto no es un problema de principios, sino un problema práctico: en el instante en que denuncias a los dirigentes político-militares de la resistencia palestina, inevitablemente abres una discusión sobre quién es quién en ese campo, porque en el terreno del discurso público todos tienen derecho a saber de qué se está hablando exactamente, a exigir explicaciones sobre a quién se condena, y a refutar lo que sea basándose en sus propias premisas políticas. Esto significa que si en medio de un genocidio publicas un texto denunciando a los líderes de la resistencia palestina por su “autoritarismo” o por cualquier otro motivo, lo que estás haciendo es abrir una discusión que simplemente te desviará del objetivo prioritario que es detener el genocidio cuanto antes. La única consecuencia que eso tendrá es que serás marginado de la discusión principal, transmitiéndole a las personas involucradas en la lucha la idea de que ser comunista es algo que inevitablemente te convierte en un outsider. Desde luego, hay gente que ama ser outsider y antepondrá esa afición a cualquier posibilidad de influir efectivamente en el curso de los acontecimientos, pero un comunista serio debería tener la suficiente agilidad táctica como para participar en las luchas existentes de modo tal que esa misma participación haga surgir un terreno en común en el que pueda plantear discusiones más avanzadas.

Enfoquemos el asunto con mayor precisión: hasta el 7 de octubre muy poca gente sabía realmente qué es Hamás, incluso entre quienes tienen alguna idea de lo que sucede en Palestina. Explicarle a esa gente que Hamás es una fuerza político-militar fundamentalista islámica que gobierna Gaza por la fuerza y que atacó a Israel sabiendo que la respuesta sería brutal, está muy bien. Hacerles saber que Hamás considera a la población civil palestina de Gaza como corderos para el sacrificio en nombre de la guerra santa, también es útil si de lo que se trata es de que la gente entienda mejor el contexto de lo que está pasando allá. Pero centrar un comentario o un análisis en condenar de forma vaga y genérica a los grupos militares de la resistencia palestina por ser “leninistas”, “autoritarios” y… ¡por usar la violencia armada!… eso ya es otra cosa. Si planteas tal discusión en medio de una campaña internacional espontánea encaminada a frenar el genocidio en Gaza, lo que estás haciendo es plantear una discusión en la que potencialmente se enfrenten partidarios y detractores de organizaciones tan diversas como la Sala de Operaciones Conjuntas2, el Foso de los Leones3, las Brigadas Al-Quds4, la Brigada de los mártires de al Aqsa5, las Brigadas Al Nasser Salah al-Din6, las Fuerzas de Omar Al-Qasim7, las Brigadas Abu Ali Mustafa8, las Brigadas Mártir Izz El Din Al-Qassam9 y las Unidades Night Riot.10 Esa discusión, que inevitablemente es política, ideológica y teórica, por interesante que pueda resultarle a los militantes más comprometidos e informados, sólo introducirá ruido inútil y distractor en un movimiento de masas que tiene un objetivo muy preciso y que no va a participar en esa discusión si ve que no tiene ningún efecto práctico en lo que más importa, que es detener la masacre. Por cierto, es difícil distinguir entre la agitación política de masas y la discusión teórica partidaria cuando ambas cosas discurren indiscriminadamente por los mismos canales de información, y aún no está nada claro si ese efecto del informalismo político contribuye a una democratización de la teoría radical, o simplemente incrementa la confusión e indiferenciación generalizada que brota de los medios digitales.

Yendo un poco más lejos: si la denuncia abstracta del “militarismo”, del “autoritarismo” y del “leninismo” parece simplemente inoportuna e inoperante; darse el gusto de aprovechar la coyuntura para enseñarle al público ignorante que “Palestina es igual de capitalista e imperialista que Israel”,11 nos recuerda algo peor: el gesto oportunista y arrogante de alguien que en vez de ayudar a una persona recién atropellada se retira vociferando que ya sabía que eso iba a pasar porque el sistema vial es fruto del capitalismo. Ahora, si eso parece cuestionable, aprovechar el momento para explicarnos por qué sería un error oponernos al sionismo,12 es algo que se acerca mucho más a tomar partido por los genocidas. No por el refinado contenido intelectual de esas opiniones, sino por el hecho de que son difundidas dentro de una circunstancia precisa en la que tendrán un determinado efecto y no otro.

Puede que esto requiera de una explicación adicional. Hoy está muy extendida la percepción de que los textos tienen un sentido propio que se agota en ellos mismos y que es independiente de las circunstancias en que son producidos y leídos. Esta creencia es un rasgo esencial de la cultura académica posmoderna, en la que -tal como enseñó Derrida- la hermenéutica no puede nunca realmente concluir y dar paso a la acción transformadora de lo que está fuera del texto. En los ambientes anticapitalistas, esta cultura de la pasividad ilustrada prácticamente se ha convertido en el aire que respiramos, a tal extremo que alguien que se ve a sí mismo como “comunista” puede, a cuatro días de iniciado un genocidio sionista en Gaza, publicar un texto en el que se exculpa al sionismo, y hacerlo totalmente convencido de que actuó de forma intachable. Necesitamos mostrar que esa actitud aparentemente tan inocente nace en realidad de un ethos reaccionario que tiene una historia, que se ha vuelto ubicuo, y que fue implantado con premeditación en nuestra cultura a fin de disuadir la acción política comunista. En contra de ese ethos cínico y distante, necesitamos crear una cultura política en la que no sea posible adoptar una posición de neutralidad, incluso de apoyo encubierto a los opresores, fingiendo que eso forma parte de una radicalidad demasiado sui generis como para poder ser comprendida por cualquiera. El comunismo no es un movimiento de intelectuales sabihondos que flotan por sobre las urgencias prácticas y políticas inmediatas de la lucha de los oprimidos.

Producir un movimiento comunista requiere sin duda crear una cultura intelectual de resistencia, que sea crítica y creativa. Pero esto no puede reducirse al mero ejercicio de adquirir libros, leer, usar el tiempo personal para reflexionar, escribir y discutir. Estas prácticas por sí mismas no constituyen una militancia revolucionaria. En una cultura militante las elaboraciones intelectuales son un aspecto de algo que las trasciende y las sostiene: la lucha colectiva organizada de gente que sabe perfectamente bien que su liberación no es un problema académico.

Lenin observó que “hay décadas en que no pasa nada, y hay semanas en que pasan décadas”. Estas dos últimas han sido ese tipo de semanas, en las que las cuestiones fundamentales del período actual se plantean de forma ineludible. Los anticapitalistas que hoy afirman posiciones de crítica radical y que han aprendido a reconocer el valor de una teoría precisa, han tenido mucho tiempo para organizarse y crear medios de información y de educación capaces de instalar socialmente su verdad, pero en vez de eso se han conformado a menudo con crear minúsculas agrupaciones sectarias sin ninguna capacidad de influencia masiva. Cuando no han seguido ese camino, han optado en general por un tipo de acción basada en blogs individuales e iniciativas “hazlo tú mismo”, en un quehacer donde lo político se reduce estrictamente a lo personal. Esta combinación de sectarismo light e individualismo ha hecho que la perspectiva comunista casi no tenga relevancia social y esté a años luz de ejercer alguna influencia en el discurso público de masas, sin contar con que dentro de su ámbito aparecen con cierta frecuencia expresiones ideológicas que no se sabe si son partidarias del comunismo, de un fascismo estetizado, del sionismo, o de quién sabe qué. Desde ese lugar es fácil tener la sensación de que la gente común no entiende nada y que ser revolucionario significa enseñarle cuán equivocadas son sus prácticas espontáneas de lucha. Sólo los arribistas no encuentran ridícula esa petulancia.

Estos quince días le han mostrado a millones de personas, de forma lacerante, que el capitalismo incluye como parte de su funcionamiento normal el apartheid, el colonialismo, la guerra, el racismo, la mentira organizada, la explotación y el asesinato en masa. A quienes leen entre líneas el momento, les muestra que la aparente omnipotencia de los poderosos no es más que un espejismo proyectado con medios tecnológicos envolventes sobre todo el resto de nosotros, y que sus propias maniobras pueden hundirles con la misma facilidad con que les encumbraron.

La actual crisis en Medio Oriente podría desembocar en cuestión de semanas en una hecatombe nuclear que borre la civilización humana de un plumazo; o bien debilitar las ya declinantes fuerzas del capitalismo demoliberal, abriendo renovadas posibilidades a la insurgencia global. Si se da el segundo caso, esta coyuntura le plantea a los comunistas cuestiones que no podrán eludir y de las que tendrán que ocuparse por mucho tiempo, de aquí en adelante: cómo aportar a la construción de una fuerza colectiva, proletaria, que sea social y políticamente significativa, que sepa dotarse de medios para influir a escala masiva, con un fuerte sentido de orientación táctica y estratégica, haciendo que la teoría comunista se convierta en una fuerza material operativa a través de organizaciones creadas expresamente con ese fin.

Las tensiones geopolíticas acumuladas, el colapso ecoclimático y los desarrollos tecnológicos en curso nos están aproximando vertiginosamente a la “tormenta perfecta”: en los próximos años se va a decidir todo, y nada podría alejarnos más de la emancipación que reclamamos, que la fe ingenua en que no es necesario hacer nada porque el comunismo brotará espontánea e inevitablemente de todo ello.

Notas

1 Un ataque nuclear táctico es aquel en que se utiliza un número reducido de ojivas de corto alcance y poder destructivo limitado, en un escenario bélico circunscrito (por ejemplo el territorio en disputa en Ucrania, los países árabes que circundan a Israel, o el mar de Taiwan). Un ataque nuclear estratégico en cambio implica el lanzamiento masivo de proyectiles nucleares de alto poder destructivo, a través de largas distancias intercontinentales, a fin de destruir blancos militares y civiles que son centrales para la potencia enemiga. Hay pocas probabilidades de que un enfrentamiento nuclear táctico no escale rápidamente hacia un enfrentamiento intercontinental generalizado, escenario que en la jerga militar se denomina MAD: Mutual Assured Destruction, destrucción mutua asegurada. Este escenario equivale al fin de la civilización y a la extinción de la humanidad en un plazo relativamente breve.

2 La Sala de Operaciones Conjuntas agrupa las ramas militares de varias organizaciones en Gaza y Jenin, para coordinar sus acciones durante las batallas en terreno. Organiza entrenamientos militares conjuntos anuales y cuenta con armamento de guerra avanzado.

3 El Foso de los Leones es un grupo de resistencia armada sin afiliación política, formada en 2022 por miembros desprendidos de otras organizaciones político-militares. Opera con armamento ligero en los territorios ocupados.

4 Las Brigadas Al-Quds son el brazo armado de la organización Yihad Islámica. Operan en Gaza, en Siria y Líbano.

5 Brigada de los mártires de al-Aqsa: brazo militar de al-Fatah, que opera con independiencia de su liderazgo central. Coordina a varias brigadas específicas, en Cisjordania y Gaza. Usan armamento ligero y cohetes de corto alcance.

6 Brigadas Al Nasser Salah al-Din son el brazo militar de los Comités de Resistencia Popular, activos en la Franja de Gaza, han realizado acciones conjuntas con Hamás.

7 Fuerzas de Omar Al-Qasim, o Brigadas de Resistencia Nacional: son el ala militar del Frente Democrático por la Liberación de Palestina, de orientación marxista. Se especializan en el uso de cohetes.

8 Las Brigadas Abu Ali Mustafa son el brazo armado del Frente Popular para la Liberación de Palestina, organización marxista-leninista activa en los campamentos de refugiados y en las zonas ocupadas. Utilizan armamento ligero fabricado por ellos mismos.

9 Brigadas Mártir Izz El Din Al-Qassam: ala militar del movimiento Hamás. Operan en los territorios ocupados utilizando armamento pesado, misiles antiaéreos y cohetes antitanques, entre otros.

10 Night Riot son unidades combatientes formadas por jóvenes de los territorios palestinos ocupados en Gaza, Ramallah, Nablus y Cisjordania. No están afiliados a ninguna organización política, utilizan principalmente armamento casero, y se concentran en atacar a los colonos sionistas ocupantes. (Este recuento de organizaciones combatientes en Palestina proviene de la página en Instagram Frontflict).

11 Publicación en Instagram de la cuenta politicaproletaria.

12 Publicación en Instagram de la cuenta Mapas y Huellas.