Publicado en The Nation.


Puede parecer una tontería sugerir que una agrupación armada irregular con apenas algunas decenas de miles de reclutas, asediados y con poco acceso a armamento avanzado, sea rival para uno de los ejércitos más poderosos del mundo, respaldado y armado por los Estados Unidos. Y, sin embargo, un número cada vez mayor de analistas estratégicos del establishment advierten que Israel podría perder esta guerra contra los palestinos a pesar de la violencia catastrófica que desató desde el ataque liderado por Hamás contra Israel el 7 de octubre. Al provocar el ataque israelí, Hamás podría estar logrando muchos de sus propios objetivos políticos.

Tanto Israel como Hamás parecen estar reajustando los términos de su contienda política no al estatus quo anterior al 7 de octubre, sino al de 1948. No está claro qué es lo que vendrá después, pero no habrá ningún retorno a la situación anterior.

El ataque sorpresa neutralizó instalaciones militares israelíes, abrió las puertas de la prisión al aire libre más grande del mundo y provocó una espantosa masacre en la que unos 1.200 israelíes, al menos 845 de ellos civiles, fueron asesinados. La sorprendente facilidad con la que Hamás traspasó las líneas israelíes alrededor de la Franja de Gaza recordó a muchos la ofensiva del Tet de 1968. No literalmente: hay enormes diferencias entre una guerra expedicionaria estadounidense en una tierra lejana, y la guerra que Israel libra para defender su ocupación, con un ejército ciudadano motivado por una sensación de peligro existencial. La analogía funciona más bien por la lógica política que está detrás de la ofensiva insurgente.

En 1968 los revolucionarios vietnamitas perdieron la batalla y sacrificaron gran parte de la infraestructura política y militar clandestina que habían construido pacientemente durante años. Sin embargo, la ofensiva del Tet fue un momento clave en la derrota de Estados Unidos, aunque tuvo un costo enorme en vidas vietnamitas. Al organizar simultáneamente ataques dramáticos y de alto perfil contra más de 100 objetivos en todo el país en un solo día, las guerrillas vietnamitas armadas precariamente hicieron añicos la ilusión de éxito que la administración Johnson le estaba vendiendo al público estadounidense. Le mostró a los estadounidenses que la guerra por la que se les pedía que sacrificaran a decenas de miles de sus hijos era imposible de ganar.

Los dirigentes vietnamitas midieron el impacto de sus acciones militares por sus efectos políticos más que por medidas militares convencionales, como la pérdida de hombres y material, o la superficie de territorio ganado. Esa fue la razón de que en 1969 Henry Kissinger se lamentara: “Nosotros libramos una guerra militar; nuestros enemigos libraron una guerra política. Nosotros buscábamos desgastarlos físicamente; ellos buscaban agotarnos psicológicamente. En el proceso perdimos de vista una de las máximas cardinales de la guerra de guerrillas: la guerrilla gana si no pierde. El ejército convencional pierde si no gana”.

Esa lógica ha llevado a Jon Alterman, del no precisamente moderado Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington D.C., a considerar que Israel corre un riesgo considerable de perder ante Hamás:

El concepto de victoria militar de Hamás tiene que ver con impulsar resultados políticos a largo plazo. Hamás ve la victoria no como algo a obtener en un año o en cinco años, sino como el fruto de décadas de lucha que aumentan la solidaridad hacia palestina y hacen crecer el aislamiento de Israel. En este escenario, Hamás ha sido capaz de reunir en torno suyo a una furiosa población sitiada en Gaza, y ha facilitado el colapso del gobierno de la Autoridad Palestina, al asegurarse de que los palestinos lo vean incluso más que antes como un cómplice irresponsable de la autoridad militar israelí. Mientras tanto, los estados árabes se alejan de la normalización [de relaciones con Israel], el Sur Global se alinea decididamente con la causa palestina, Europa retrocede ante los excesos del ejército israelí, y en Estados Unidos estalla un debate sobre Israel, quedando destruido el apoyo bipartidista que Israel había disfrutado desde principios de los años setenta.

Hamás, escribe Alterman, está tratando de “hacer que Israel sea derrotado por su propia superioridad militar. Israel tiene la fuerza suficiente para matar a civiles palestinos, destruir la infraestructura palestina y desafiar los llamados globales a la moderación, y todas esas cosas lo que hacen es ayudar a los objetivos bélicos de Hamás”.

Estas advertencias han sido ignoradas por la administración Biden y los líderes occidentales, que aceptan incondicionalmente la guerra de Israel porque son asiduos a creer que Israel es simplemente otra nación occidental que se ocupaba pacíficamente de sus asuntos y que inesperadamente sufrió un ataque no provocado el 7 de octubre. Esta es la fantasía con que se reconfortan quienes prefieren evitar reconocer una realidad en la que han sido cómplices.

Olvídense de los “errores de inteligencia”. El hecho de que Israel no anticipara el 7 de octubre fue un fracaso político a la hora de comprender las consecuencias de un violento sistema de opresión que las principales organizaciones internacionales e israelíes de derechos humanos han tildado de apartheid.

Hace veinte años el ex presidente del Knesset Avrum Burg advirtió que una reacción violenta sería inevitable. “‘”Resulta que la lucha de 2 mil años por la supervivencia judía ha quedado reducida a un estado colonial de asentamientos, dirigido por una camarilla amoral de delincuentes corruptos que son sordos tanto ante sus ciudadanos como ante sus enemigos. Un estado carente de justicia no puede sobrevivir”‘”, escribió en The International Herald Tribune.

Incluso si los árabes agacharan la cabeza y se tragaran su vergüenza e ira para siempre, no funcionaría. Una estructura construida sobre la insensibilidad humana inevitablemente se derrumbará sobre sí misma… Tras haber dejado de preocuparse por los hijos de los palestinos, Israel no debería sorprenderse cuando éstos vuelvan empapados de odio y se hagan estallar en los centros del escapismo israelí.

Israel podría matar a mil hombres de Hamás por día y no resolver nada, advirtió Burg, porque las propias acciones violentas de Israel serán la fuente de un constante reabastecimiento de sus filas. Sus advertencias han sido ignoradas, a pesar de haberlas repetido muchas veces. Esa misma lógica ahora se está aplicando con esteroides en la destrucción de Gaza. La violencia estructural demoledora que Israel espera que los palestinos sufran en silencio, implica que la seguridad israelí siempre será ilusoria.”

Las semanas transcurridas desde el 7 de octubre han demostrado que no puede haber retorno al estatus quo anterior. Este era probablemente el objetivo de Hamás al organizar sus ataques mortales. E incluso antes de esto, muchos líderes de Israel estaban pidiendo abiertamente poner fin a la Nakba, poner fin a la limpieza étnica de Palestina; ahora esas voces se han amplificado.

La pausa humanitaria mutuamente acordada a finales de noviembre permitió a Hamás liberar a algunos rehenes a cambio de palestinos retenidos en cárceles israelíes y un aumento de los suministros humanitarios que ingresaban a Gaza. Cuando Israel reanudó su ataque militar y Hamás volvió a lanzar cohetes, quedó claro que Hamás no ha sido derrotado militarmente. La masacre y la destrucción masiva que Israel ha provocado en Gaza sugieren que su intención es volver el territorio inhabitable para los 2,2 millones de palestinos que viven allí, presionando para su expulsión mediante una catástrofe humanitaria diseñada militarmente. De hecho, las propias FDI estiman que hasta ahora han eliminado a menos del 15% de la fuerza de combate de Hamás, en una campaña que ha matado a más de 21.000 palestinos, en su mayoría civiles, 8.600 de ellos niños.

El 7 de octubre y la política palestina

Es casi seguro que el ejército de Israel expulsará a Hamás del gobierno de Gaza. Pero analistas como Tareq Baconi, que ha estudiado al movimiento y su pensamiento durante las últimas dos décadas, argumenta que Hamás lleva un largo período intentando romper las cadenas que implica gobernar un territorio separado del resto de Palestina, bajo los términos impuestos por la potencia ocupante.

Hamás ha mostrado durante mucho tiempo su deseo de romper con su papel gobernante en Gaza. Esto ha sido así desde las masivas protestas desarmadas de la Marcha del Retorno en 2018 (violentamente reprimidas por francotiradores israelíes), hasta los esfuerzos frustrados por Estados Unidos e Israel para transferir el gobierno de Gaza a una Autoridad Palestina reformada, a una tecnocracia dócil o a un gobierno electo. Mientras tanto, Hamás se ha concentrado en reorientar la política palestina tanto en Gaza como en Cisjordania hacia la resistencia contra el estatus quo de la ocupación, en vez de hacia su perpetuación. Si su ataque del 7 de octubre tiene como una de sus consecuencias deshacerse de la responsabilidad de gobernar Gaza, Hamás podría considerar esto como algo ventajoso.

Hamás ha tratado de empujar a Fatah hacia un camino similar, instando al partido gobernante en Cisjordania a poner fin a la colaboración securitaria de la Autoridad Palestina (AP) con Israel, y a enfrentar más directamente la ocupación. Por lo tanto, perder el control municipal de Gaza está lejos de ser una derrota decisiva para el esfuerzo bélico de Hamás: para un movimiento dedicado a liberar los territorios palestinos ocupados, gobernar Gaza empezaba a parecer un callejón sin salida, tanto como lo ha sido para Fatah el auto-gobierno permanente y limitado de islotes discontinuos en Cisjordania.

Quizás, dice Baconi, Hamás se haya sentido obligado a tomar un enorme riesgo con tal de romper un estatus quo que consideraba una muerte lenta para Palestina. “Pero esto no significa que el cambio estratégico de Hamás necesariamente vaya a tener éxito a largo plazo”, escribió en Foreign Policy:

La violenta alteración del statu quo por parte de Hamás bien podría ofrecer a Israel la oportunidad de llevar a cabo otra Nakba, lo cual podría dar lugar a una conflagración regional o asestar a los palestinos un golpe del que podría tardar una generación en recuperarse. Lo que es seguro, sin embargo, es que no habrá vuelta atrás a lo que existía antes.

En consecuencia, es posible que la táctica de Hamás haya consistido en sacrificar su gobierno municipal de una Gaza sitiada, para en cambio consolidar su estatus como organización de resistencia a escala nacional. Hamás no está tratando de enterrar a Fatah: Los diversos acuerdos de unidad entre ambas organizaciones, en particular aquellos liderados por prisioneros de ambas facciones, demuestran que Hamás está buscando un frente unido. La Autoridad Palestina es incapaz de proteger a los palestinos en Cisjordania de la creciente violencia y el estricto control de los asentamientos israelíes, y mucho menos ha sabido responder de manera significativa al derramamiento de sangre en Gaza. Amparado en el respaldo occidental a su ofensiva en Gaza, Israel ha matado a cientos de palestinos, arrestado a miles y desplazado aldeas enteras en Cisjordania, a la vez que se intensifican los ataques por parte de colonos auspiciados por el Estado. Al actuar así, lo que Israel ha conseguido es debilitar aún más la influencia de Fatah sobre la población, empujando a ésta hacia Hamás.

Durante años los colonos protegidos por las FDI han estado atacando aldeas palestinas con el objetivo de obligar a sus residentes a marcharse, y reforzar así el control ilegal de Israel sobre el territorio ocupado. Sin embargo la expansión de dichos ataques desde el 7 de octubre está causando la indignación hasta de los cómplices estadounidenses de Israel. La amenaza de Biden de prohibir visas a los colonos involucrados en la violencia contra los palestinos de Cisjordania no es más que una evasiva: esos colonos están lejos de actuar individualmente; han sido armados por el Estado y son protegidos agresivamente por las FDI y el sistema legal israelí, porque están implementando una política estatal. Pero incluso la equívoca amenaza de Biden deja claro que Israel está contrariando al gobierno de los Estados Unidos.

La política de Hamás no se limita únicamente a Gaza sino que tiene una perspectiva pan-palestina, por lo que su objetivo era que el 7 de octubre tuviese efectos transformadores en toda Palestina. Durante la “Intifada de Unidad” de 2021, que buscaba conectar las luchas de los palestinos tanto en Cisjordania como en Gaza con las del interior de Israel, Hamás tomó medidas en apoyo de ese objetivo. Ahora, el Estado israelí está acelerando esa conexión con una campaña paranoica de represión contra cualquier expresión de disidencia entre sus ciudadanos palestinos. En Cisjordania cientos de palestinos han sido detenidos, incluso activistas y adolescentes que publicaban en Facebook. Israel es muy consciente del potencial de una escalada en Cisjordania. En ese sentido, la respuesta israelí no ha hecho más que acercar entre sí a los pueblos de Cisjordania y Gaza.

Está claro que Israel nunca tuvo la intención de aceptar un Estado palestino soberano en ningún lugar al oeste del río Jordán. En cambio, está intensificando planes que ya venía ejecutando desde hace mucho tiempo a fin de asegurar su control del territorio. Eso, y la creciente invasión israelí de la mezquita de Al Aqsa, son un recordatorio de que Israel está alimentando activamente cualquier levantamiento que llegue a producirse en Cisjordania, Jerusalén Oriental e incluso dentro de las fronteras de 1967.

Irónicamente, entonces, la insistencia de Estados Unidos en que la Autoridad Palestina tome el control de Gaza después de la devastadora guerra de Israel -y sus tardías y débiles advertencias sobre la violencia de los colonos- viene a reforzar la idea de que Cisjordania y Gaza son una sola entidad. La política que durante 17 años de Israel ha desplegado, consistente en separar una Cisjordania dócil gobernada por una Autoridad Palestina cooptada de una “Gaza gobernada por terroristas” ha fracasado.

Israel después del 7 de octubre

La incursión encabezada por Hamás destruyó los mitos de la invencibilidad israelí y las expectativas de tranquilidad de sus ciudadanos, incluso mientras el Estado asfixia a los palestinos. Apenas unas semanas antes, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu se jactaba de que Israel había “gestionado” con éxito el conflicto hasta el punto de que Palestina ya no necesitaba aparecer en su mapa de un “nuevo Oriente Medio”. Con los Acuerdos de Abraham y otras alianzas, algunos líderes árabes estaban abrazando a Israel. Estados Unidos estaba promoviendo el plan, mientras los presidentes Donald Trump y Joe Biden se centraban en la “normalización” con los regímenes árabes, que se mostraban dispuestos a dejar a los palestinos sujetos a un apartheid israelí cada vez más firme. El 7 de octubre sirvió como un brutal recordatorio de que esto era insostenible y que la resistencia de los palestinos constituye una forma de poder de veto sobre los esfuerzos de otros por determinar su destino.

Es demasiado pronto para medir el impacto del 7 de octubre en la política interna israelí. Ha vuelto a los israelíes más recalcitrantes, pero también más desconfiados respecto de su liderazgo nacional, tras su colosal fracaso de inteligencia y su respuesta al ataque. Hizo falta una importante movilización masiva contra el gobierno por parte de las familias de los israelíes cautivos en Gaza para lograr una pausa en la acción militar y asegurar un acuerdo de liberación de rehenes. Una disidencia interna dramática y de alto perfil en torno a la cuestión de los rehenes, y acerca de lo que Israel debe hacer para asegurar su regreso, podría aumentar la presión para que se suscriban nuevos acuerdos de liberación, e incluso un alto el fuego en toda regla, a pesar de la determinación de gran parte del liderazgo político y militar de continuar la guerra. La opinión pública israelí sigue confundida, enojada e impredecible.

Luego está el impacto de la guerra en la economía de Israel, cuyo modelo de crecimiento se basa en atraer altos niveles de inversión extranjera directa a su sector tecnológico y otras industrias exportadoras. La protesta social del año pasado y la incertidumbre sobre el conflicto constitucional ya estaban siendo citadas como razones para la caída inter-anual del 68% en la inversión extranjera directa reportada durante el verano. La guerra contra Gaza, para la que se ha movilizado a 360 mil reservistas, añade un nuevo nivel de conmoción. El economista Adam Tooze escribió en su Substack:

El lobby tecnológico de Israel estima que una décima parte de su fuerza laboral ha sido movilizada para la guerra. La construcción está paralizada debido a la cuarentena de la fuerza laboral palestina en Cisjordania. El consumo de servicios se ha desplomado a medida que la gente se aleja de los restaurantes y se restringen las reuniones públicas. Los registros de tarjetas de crédito sugieren que el consumo privado en Israel cayó casi un tercio en los días posteriores al estallido de la guerra. El gasto en ocio y entretenimiento se desplomó un 70%. El turismo, un pilar de la economía israelí, se ha detenido abruptamente. Se cancelan vuelos y se desvían cargamentos. En alta mar, el gobierno israelí ordenó a Chevron detener la producción en el campo de gas natural de Tamar, lo que le costó a Israel 200 millones de dólares al mes en ingresos perdidos.

Israel es un país rico en recursos para capear parte de esta tormenta, pero esa riqueza implica fragilidad, y supone que tiene mucho que perder.

Gaza después del 7 de octubre

Las fuerzas israelíes han entrado en Gaza con un plan de batalla, pero sin un plan de guerra claro para ese territorio después de su invasión. Algunos líderes militares israelíes pretenden mantener un “control de seguridad” similar al que ejercen a través del dominio de la Autoridad Palestina en Cisjordania. En Gaza, esto la enfrentaría a una insurgencia mejor entrenada y apoyada por la mayoría de la población. En los círculos del gobierno israelí muchos abogan por desplazar por la fuerza a gran parte de la población civil de Gaza hacia Egipto, diseñando una crisis humanitaria que vuelva a Gaza inhabitable. Estados Unidos ha dicho que descarta esa solución, pero ningún jugador inteligente descartaría la posibilidad de que los israelíes prefieran pedir perdón en vez de pedir permiso para efectuar una limpieza étnica a gran escala, siguiendo los objetivos demográficos a largo plazo de Israel de reducir la población palestina entre el río y el mar.

Los funcionarios estadounidenses han recurrido a sus libros de oraciones de antaño, hablando con esperanza de poner a Mahmoud Abbas, de 88 años, jefe de la Autoridad Palestina, nuevamente a cargo de Gaza, con la promesa de una renovada búsqueda de la quimérica “solución de dos Estados”. Pero la Autoridad Palestina no tiene credibilidad ni siquiera en Cisjordania, debido a su aquiescencia ante la ocupación constantemente ampliada de Israel. Luego, está la realidad de que impedir la soberanía palestina genuina en cualquier parte de la Palestina histórica ha sido durante mucho tiempo un punto de consenso entre los líderes israelíes en la mayor parte del espectro político sionista. En todo caso, los dirigentes israelíes no necesitan acatar las expectativas de una administración estadounidense que bien podría ser eliminada el próximo año, y tienen una capacidad comprobada para actuar a su antojo incluso si Biden fuera reelegido. Estados Unidos ha optado por unirse a la maquinaria de guerra de Israel, cuyo destino puede no estar claro, pero ciertamente no incluye ningún tipo de Estado palestino.

El impacto global del 7 de octubre

Puede que Israel y Estados Unidos se hayan convencido de que el mundo ha “superado” la difícil situación palestina, pero las energías desatadas por los acontecimientos ocurridos desde el 7 de octubre sugieren que es todo lo contrario. Los llamados a la solidaridad con Palestina han resonado en las calles del mundo árabe, sirviendo en algunos países como un lenguaje codificado de disidencia contra el autoritarismo decrépito. En todo el Sur Global y en las ciudades de Occidente, Palestina ocupa ahora un lugar simbólico como avatar de la rebelión contra la hipocresía occidental y contra un orden post-colonial injusto. No se había visto a tantos millones de personas en todo el mundo protestando en las calles desde la invasión ilegal de Irak encabezada por Estados Unidos. Las organizaciones de trabajadores han ejercitado su musculatura internacionalista para impugnar la entrega de armas a Israel, y han tenido ocasión de recordar su poder para cambiar la historia, mientras se utilizan mecanismos legales como la Corte Penal Internacional, la Corte Internacional de Justicia e incluso tribunales estadounidenses y europeos para desafiar las políticas gubernamentales que permiten los crímenes de guerra de Israel.

Aterrorizados por un mundo que se espanta frente a sus acciones en Gaza, Israel y sus defensores han recurrido a acusaciones de antisemitismo contra quienes desafíen la brutalidad de Israel, pero todo -desde las marchas masivas hasta la ruidosa oposición judía y las encuestas de opinión sobre el manejo de la crisis por parte de Biden- indica que equiparar la solidaridad con el antisemitismo no sólo es objetivamente incorrecto; no es convincente.

Varios países de América Latina y África han cortado lazos con Israel simbólicamente, mientras el bombardeo deliberado de una población civil y la prevención del acceso a refugio, alimentos, agua y atención médica ha dejado horrorizados incluso a muchos aliados de Israel. El alcance de la violencia que Occidente está dispuesto a tolerar contra un pueblo cautivo en Gaza le ha ofrecido al Sur Global un crudo recordatorio de las cuentas pendientes con el Occidente imperial. Y cuando el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro canadiense Justin Trudeau imploran públicamente a Israel que deje de “bombardear a bebés”, Israel corre el peligro de perder incluso a una parte de sus aliados occidentales. A corto plazo se ha vuelto difícil para los países árabes y musulmanes mantener, y mucho menos ampliar, sus vínculos públicos con Israel.

Al unirse a la respuesta israelí al ataque del 7 de octubre, Estados Unidos también hizo estallar la burbuja de ilusiones que justificaban la hegemonía estadounidenses sobre en el Sur Global, bajo la retórica de “somos los buenos”. El contraste entre su respuesta a las crisis Rusia-Ucrania e Israel-Palestina, respectivamente, ha producido un consenso de que la hipocresía reside en el corazón mismo de la política exterior de Estados Unidos, lo cual ha dado lugar a espectáculos tan extraordinarios como el de Biden siendo regañado cara a cara, en una cumbre de APEC, por el primer ministro de Malasia, Anwar Ibrahim, quien le enrostró su fracaso a la hora de hacer frente a las atrocidades de Israel.

Ibrahim advirtió específicamente que la respuesta de Biden a Gaza había generado un grave déficit de confianza ente quienes Estados Unidos espera cortejar como aliados en su competencia con Rusia y China. El hecho de recordarle a los aliados árabes de Estados Unidos que su patrón Washington se pondrá del lado de Israel incluso cuando esté bombardeando a civiles árabes, probablemente reforzará la tendencia de los estados del Sur Global a diversificar sus carteras geopolíticas.

La cuestión política

Al romper un estatus quo que los palestinos consideran intolerable, Hamás ha vuelto a poner la política en la agenda. Israel tiene un poder militar significativo, pero es políticamente débil. Gran parte del establishment estadounidense que apoya la guerra de Israel supone que la violencia que emana de una comunidad oprimida se puede erradicar aplicando una fuerza militar abrumadora contra esa comunidad. Pero incluso el secretario de Defensa, Lloyd Austin, se mostró escéptico acerca de esa suposición, advirtiendo que los ataques de Israel que matan a miles de civiles corren el riesgo de arrojarlos “a los brazos del enemigo [y reemplazar] una victoria táctica con una derrota estratégica”.

A los políticos y medios occidentales les gusta fantasear con que Hamás es una agrupación nihilista parecida a ISIS, que mantiene como rehén a la sociedad palestina. En realidad, Hamás es un movimiento político multifacético arraigado en el tejido y las aspiraciones nacionales de la sociedad palestina. Encarna una creencia, sombríamente afirmada por décadas de experiencia palestina, de que la resistencia armada es fundamental para el proyecto de liberación palestino debido a los fracasos del proceso de Oslo y la intratable hostilidad de su enemigo. Su influencia y popularidad no han hecho más que crecer, a medida que Israel y sus aliados siguen frustrando un proceso de paz, y otras estrategias no violentas, encaminadas a lograr la liberación palestina.

La campaña de Israel dejará disminuida la capacidad militar de Hamás, pero incluso si matara a los principales líderes de la organización (como lo ha hecho anteriormente), la respuesta de Israel al 7 de octubre está validando el mensaje de Hamás y su posición entre los palestinos de toda la región y más allá. Las grandes protestas en Jordania con cánticos a favor de Hamás, por ejemplo, no tienen precedentes. No hace falta aprobar ni apoyar las acciones de Hamás del 7 de octubre para reconocer el persistente atractivo de un movimiento que parece capaz de hacer que Israel pague algún tipo de precio por la violencia que inflige a los palestinos todos los días, todos los años, generación tras generación.

La historia también sugiere un patrón en el que los representantes de movimientos que en su día fueron tachados de “terroristas” por sus adversarios (en Sudáfrica, por ejemplo, o Irlanda) aparecen, no obstante, en la mesa de negociaciones cuando llega el momento de buscar soluciones políticas. Sería ahistórico apostar contra la posibilidad de que Hamás, o alguna otra versión de la corriente político-ideológica que Hamás representa, cumpla ese mismo papel, si llega a plantearse con seriedad una solución política entre Israel y los palestinos.

Lo que viene después de la horrible violencia está lejos de estar claro, pero el ataque de Hamás del 7 de octubre ha obligado a reiniciar una contienda política a la que Israel parece no estar dispuesto a responder si no es con una fuerza militar devastadora contra los civiles palestinos. Y tal como están las cosas tras ocho semanas de venganza, no se puede decir que Israel esté ganando.