Los textos publicados por la tendencia Correo Proletario en sus tres años de vida, están disponibles en dos libros que acaban de aparecer en Santiago de Chile. Uno de ellos, del colectivo Colapso y Desvío, reúne todos los textos en un sólo volumen, y se puede descargar aquí. El otro, editado por el colectivo Vamos Hacia la Vida, es el primero de tres volúmenes, y se puede descargar aquí.


Correo Proletario fue un periódico publicado entre 1973 y 1976. Su primer número salió de imprenta una semana antes del golpe militar del 11 de septiembre, alcanzando cierta difusión entre la militancia de izquierda y entre los obreros organizados en los cordones industriales. A continuación, el periódico desapareció durante más de dos años. Es muy probable que casi todos los ejemplares de ese primer Correo, así como tantas otras publicaciones de la izquierda revolucionaria de entonces, hayan sido destruidos en los días que siguieron al Golpe.

Aunque en los momentos más álgidos el Correo llegó a articular a varios cientos de militantes en Chile y más tarde en el exilio europeo, el núcleo más activo y permanente estuvo formado por una docena de compañeros. Entre ellos destacaban, por su trayectoria anterior y por su papel en la redacción del periódico: Jaime Riera, antiguo director de El Rebelde, órgano del MIR, quien se había distanciado de esa organización durante el primer año del gobierno UP; Sergio Zorrilla, quien también dentro del MIR había sido precursor de la agitación armada en los años sesenta y había tenido un papel relevante en las luchas obreras del norte del país antes del golpe de 1973; Alejandro Alarcón, un joven dirigente sindical en la industria textil de Tomé quien a mediados del 1972 fue elegido miembro del Consejo Directivo Nacional de la CUT, en representación del Frente de Trabajadores Revolucionarios (siendo el único dirigente mirista que llegó a formar parte de esa central sindical); Helios Prieto, co-fundador en Argentina del Grupo Obrero Revolucionario y más tarde del Partido Revolucionario de los Trabajadores junto a Mario Roberto Santucho, y emigrado a Chile tras la fuga y masacre de prisioneros políticos en Trelew en agosto de 1972; Roberto Santana, antiguo militante del PC que tras conocer la realidad de Cuba en los años posteriores a la revolución se pasó al MIR, prestando apoyo técnico a la Comisión Militar y convirtiéndose en un activo dirigente del Movimiento Campesino Revolucionario; Ernesto Rojas, ex militante del PC que había transitado hacia una posición libertaria y comprometida con la autonomía obrera; Luis Fernández, periodista español emigrado a Chile. En torno a este núcleo se agruparon militantes revolucionarios de diversas procedencias, como Edmundo Magaña,1 quien a principios de los setenta había estado vinculado a la VOP; así como revolucionarios mexicanos, españoles, brasileños y peruanos que habían encontrado refugio en Chile.

Tras publicar el primer número del Correo Proletario apenas unos días antes del Golpe de septiembre de 1973, sus redactores pasaron los siguientes cuatro años proponiendo el periódico como un medio para reagrupar a una tendencia revolucionaria que pudiese actuar dentro y fuera de Chile. En el itinerario del Correo Proletario se distinguen tres períodos: el primero, anterior a la catástrofe de septiembre de 1973; el segundo, desde la diáspora que siguió al golpe hasta la publicación en el exilio del número 4 del periódico en septiembre de 1976; y el tercero, de definiciones orgánicas y disolución de la tendencia a finales de los años setenta.

Antes de ser un periódico, Correo Proletario había sido una idea que rondaba en las cabezas de algunas decenas de militantes de izquierda que se habían ido distanciando de sus respectivas organizaciones políticas, por razones diversas que coincidían en un tema central: a fines de 1972 todos ellos pensaban que los partidos de la UP se habían vuelto incapaces de encarnar cualquier ambición revolucionaria, mientras que el MIR oscilaba entre un discurso maximalista y una práctica conciliadora que desconcertaba cada día más a sus propios seguidores. En otras palabras: la lucha de clases había creado un vacío político y teórico que era necesario afrontar. En las primeras líneas del primer número de Correo Proletario se lee:

Correo Proletario surge en una etapa política crucial para los intereses de la clase obrera y del proletariado en general. Una etapa en que reaccionarios y reformistas por un lado y demagogos e irresponsables por el otro, preparan y condicionan una ofensiva que supone derrotar al movimiento obrero, detener su lucha legendaria y destruir sus organizaciones sindicales. Esta situación política en la cual surge, da su significado y el contenido de sus tareas a Correo Proletario.

Los dos años siguientes al Golpe de septiembre, fueron de duros esfuerzos por salvar la vida, tratar de salvar a quienes aún no tenían asegurada su supervivencia y tratar de rearticular una actividad política bajo las nuevas condiciones. Helios Prieto, tras pasar un tiempo detenido en el Estadio Nacional, de donde pudo salir debido a las gestiones consulares de su esposa, consiguió rescatar el manuscrito de su libro y huir a Argentina, desde donde tuvo que volver a huir un par de años después. Alejandro Alarcón logró salir del campo de prisioneros de Chacabuco a fines de 1974, gracias a una campaña internacional organizada por sus compañeros en el exilio, que incluso llevó a la OIT a emitir un reclamo formal al régimen de Pinochet. Jaime Riera pasó alrededor de un año detenido, también en Chacabuco, antes de abandonar el país. Sergio Zorrilla, el más buscado del grupo por los organismos de seguridad, consiguió a duras penas evadir los controles militares antes de refugiarse en una embajada.

El empeño por reconstruir la red de vínculos que había empezado a tejerse en Chile quedó reflejado en el artículo central del segundo número de Correo Proletario, publicado en Londres en noviembre de 1975, y dedicado a precisar la trayectoria, la perspectiva y la identidad de “la tendencia. Allí quedó también de manifiesto la voluntad del grupo de producir un balance político del ascenso y caída de la UP, en el cual tendría un papel crucial el examen detallado del desarrollo histórico del movimiento obrero y de su papel en la “vía chilena al socialismo”. Este análisis concluía, de forma lapidaria, que la derrota del movimiento obrero se había debido a su insuficiente autonomía respecto de las políticas erráticas del gobierno UP, con la consiguiente ausencia de una vanguardia proletaria capaz de articular una estrategia propia de la clase obrera. Dicha estrategia no implicaba necesariamente una contraofensiva armada -idea que circulaba en una parte de la izquierda revolucionaria en los meses previos al golpe-, sino más bien impulsar la lucha económica del conjunto de la clase trabajadora, fortaleciendo sus sectores decisivos -como los enclaves mineros-, a fin de avanzar hacia una situación de doble poder. Con este planteamiento, Correo Proletario se distanciaba tanto de los partidos de la UP, que propugnaban una política de reformas consensuadas con la burguesía (ignorando o minimizando su vocación golpista); como también del MIR, cuya cúpula dirigente proponía darle “apoyo crítico” al ejecutivo mientras abogaba por una contraofensiva armada que tenía poca o ninguna viabilidad real.

Desde luego, proponer dicho balance en el exilio a fines de 1975 estaba lejos de ser un simple gesto teórico. Era, sobre todo, una toma de posición política que le valió a la tendencia Correo Proletario la enemistad de los jefes de la UP en el exterior, quienes hicieron esfuerzos tenaces por aislarla e impedir que influyera en la militancia obrera de sus partidos. Por su parte, los grupos que durante esos años se fueron articulandop en torno al Correo en varios países de Europa, evitaron entrar en confrontaciones directas con esas jefaturas políticas y se concentraron en profundizar el análisis y la discusión. Ellos pensaban que la lucha no podía limitarse a denunciar a la dictadura de Pinochet y a buscar la restauración democrática, sino que debía procurar, por sobre todo, establecer una base teórica y política que sirviera a la recomposición de un movimiento obrero capaz de imponer su independencia de clase.

La actividad de “la tendencia” en el exilio fue, así, una continuación de la actitud autonomista que había tenido en Chile antes del golpe, negándose a gastar sus pocas fuerzas en acuerdos democráticos para crear “frentes antifascistas” que, en el mejor de los casos, aspiraban a volver a la situación anterior a 1973 pero sin un movimiento obrero revolucionario; tampoco se trataba de retornar a Chile para activar focos guerrilleros que no encontrarían ningún arraigo en una población sometida a un ataque económico y político implacable. Lo que Correo Proletario buscaba, dentro de sus estrechas posibilidades, era llenar el vacío que la izquierda había dejado al reemplazar el análisis por la retórica y la lucha de clases por el lucharmadismo. En cierto sentido, este era un afán extemporáneo. Lo había sido antes del golpe, y lo siguió siendo después. En una conversación hace algunos años, uno de los redactores del Correo lo hizo ver con estas palabras:

Nosotros pensábamos que lo mejor que podía pasar era que Allende terminara su período presidencial, y así ganar tiempo para que el movimiento obrero continuara su proceso de clarificación y fortalecimiento propio, a través de los órganos que ya había puesto en marcha: los cordones industriales, los comités, los círculos de estudio. Si hubiéramos tenido tan sólo un año más para continuar ese proceso, otro gallo cantaría.

Por su parte Roberto Santana, quien se había unido al entorno de Correo Proletario justo antes del golpe, expresó esa misma voluntad en un escrito autobiográfico:

Terminada dramáticamente la experiencia de la Unidad Popular, pasé un buen tiempo acusándome a mi mismo de la absurdidad de haber renunciado al análisis político público al calor de la actividad práctica, de no haber trabajado sistemáticamente para llevar al debate público la confrontación entre análisis social y prácticas políticas. (Roberto Santana, «Militante sin anteojeras»)2

Estas preocupaciones quedaron plasmadas en las actividades y discusiones de los grupos de Londres, París y Turín, así como en sus comunicaciones con otros núcleos repartidos por Europa, durante 1975. Los informes escritos de esas discusiones fueron finalmente recopilados en un Boletín que circuló internamente a inicios del año siguiente, donde se analiza la situación del movimiento obrero en Chile, la descomposición de la militancia emigrada y la necesidad de hacer avanzar en ese contexto la tendencia Correo Proletario. Asimismo, en los informes de actividad de los grupos se critican los métodos organizativos de los partidos burocráticos, y se definen las condiciones para la formación teórica y para la discusión sobre la cuestión del partido, temas vistos como prioritarios en ese momento.

Todo esto no significa en absoluto que la tendencia política expresada en el Correo estuviera pensando únicamente en cómo seguir existiendo en el exilio, sin involucrarse en la recomposición del movimiento obrero dentro de Chile. Por el contrario, al mismo tiempo que agudizaban sus análisis sobre la lucha de clases, sobre la cuestión agraria y el desarrollo del movimiento obrero en este país, los redactores del periódico impulsaron frecuentes reuniones internacionales y trataron de abrir vías de comunicación directa con sectores organizados de la clase trabajadora chilena. Así que, mientras abordaban en profundidad esos temas en los números 3 y 4, intensificaron a su vez los contactos con sindicatos de obreros portuarios, profesionales de la salud y otros gremios que resistían dentro del país. Ese empeño llegó incluso a traducirse en que se conformase una franja sindical que se reconocía en los planteamientos del Correo, y que recibió copias microfilmadas de los cuatro números publicados hasta entonces (no hemos podido averiguar si esos microfilms llegaron a convertirse en copias impresas en papel que circularan dentro de Chile, lo cual es posible pero difícil de probar).

El hecho de que en 1976 hayan aparecido dos números del periódico y un extenso boletín de discusión interna, con intervalos de apenas cuatro meses entre sí, da fe de la intensa producción teórica de ese período y de cómo la propia actividad de los grupos les estaba empujando a interrogarse sobre el sentido de su existencia como corriente política. A Correo Proletario se le hacía ineludible producir definiciones orgánicas sobre su propia función y su vida futura. Esto tenía que ver con la situación de «la tendencia» dentro de la emigración izquierdista en Europa, pero sobre todo con su posición respecto del movimiento obrero -o lo que quedaba de él- dentro de Chile.

Durante 1976 algunos sindicatos vinculados al Correo Proletario protagonizaron en Chile acciones reivindicativas y de protesta de poca envergadura, pero exitosas dentro de sus limitados alcances. Pese a ello, las circunstancias adversas dificultaban enormemente que la tendencia consiguiera vincularse de manera estable con grupos de trabajadores en Chile, sobre todo por la gran dificultad que entrañaba comunicarse bajo condiciones de clandestinidad y repliegue generalizado de la militancia obrera. Esta situación llevó a muchos participantes activos de la tendencia a preguntarse qué sentido tenía perseverar en una agitación que llegaba casi exclusivamente a la militancia izquierdista exiliada, sin poder vincularse con la clase obrera de la que, y a la que, se estaba hablando. Uno de ellos, al ser entrevistado, lo explicó así:

Nuestra postura era anti-leninista, estábamos contra la idea leninista de una vanguardia de intelectuales que dirige al movimiento obrero desde afuera. Y nuestra actividad en el exilio tendía justamente a eso, entonces estábamos en una tremenda contradicción: o nos volvíamos a Chile y reconstruíamos la tendencia en la clandestinidad, o dábamos por terminado todo.

En lo sucesivo esa contradicción no haría más que agudizarse, y en ausencia de condiciones que hicieran posible un retorno organizado a Chile, terminó por hacer implosionar los esfuerzos de continuidad que la tendencia se había planteado. El resultado fue que tras la intensa actividad efectuada en los dos años anteriores, en 1977 el núcleo redactor del Correo abandonó ese empeño.

Notas

1 Aunque Edmundo Magaña dedicó la mayor parte de su actividad a la investigación antropológica de campo, y a la defensa de los animales como sujetos de derecho, en 1975 -mientras en el exilio trataba de insertarse en algún tipo de actividad política acorde con sus ideas- escribió junto a su compañera Fabiola Jara, un ensayo titulado El rol del lumpen-proletariado en Chile (1970-1973), publicado por primera vez en los Excursos de la revista 2&3Dorm, en 2017. En esa publicación se encuentra una informativa reseña biográfica y política de Magaña.

2 https://www.robertosantanaulloa.com/chile-memorias-incompletas