Joe Biden, el títere de la oligarquía industrial-militar estadounidense, acaba de aconsejarle al psicópata Netanyahu que se retire de la Franja de Gaza. Lo hace en el mismo instante en que la guerra de exterminio de los sionistas israelíes contra Palestina alcanza niveles de horror y crueldad pocas veces vistos en algún otro asedio militar en tiempos modernos. En la Franja de Gaza el 70% de la población no tiene agua potable y la gente se muere de sed, ya casi no quedan alimentos y la gente se muere de hambre, todos los hospitales han dejado de funcionar, los heridos por los bombardeos son lentamente devorados por infecciones sin tratar, mientras cientos de cadáveres se descomponen bajo los escombros y son comidos por perros callejeros sin que nadie pueda hacer nada al respecto. Sobre este escenario de pesadilla, los soldados israelíes se divierten disparando al azar a los pacientes hospitalizados y a los sobrevivientes que salen a la calle en busca de comida, mientras sus oficiales se ponen en ridículo ante el mundo entero grabando videos fraudulentos sobre puestos militares palestinos que dicen haber capturado sin que nadie les crea.

No intenten ocupar Gaza, eso sería un error, le advierte Biden a sus socios israelíes, justo cuando la masacre empezaba a dar paso a un verdadero combate donde los sionistas caen como moscas bajo los ataques certeros de la guerrilla palestina. Mejor retírense mientras aún estén a tiempo, muchachos, ya tuvieron su venganza, nadie olvidará de lo que son capaces, ahora vuelvan a sus cuarteles, emborráchense para celebrar su nauseabunda victoria de carniceros dementes sin honor, y dejen que los adultos terminen de arreglar el desastre geopolítico y mediático que ustedes provocaron.

Nadie sabe si la pandilla enfermiza de Netanyahu le va a hacer caso a Biden, porque en estos asuntos la última palabra no la tienen nunca los políticos en la Casa Blanca, sino los propietarios y accionistas del complejo industrial-militar y sus agentes en el Pentágono. Son ellos los que decidirán cuándo el ejército sionista debe retirarse del campo de escombros que es Gaza hoy día, y eso va a ocurrir solamente cuando sus calculadoras les muestren que se ha vuelto más lucrativo invertir en el negocio inmobiliario de la reconstrucción que en tanques y bombas de fósforo blanco. Ese cambio en las prioridades de inversión va a requerir, por supuesto, un importante giro político tanto en “Israel” como en Palestina. Se sabe cómo será en “Israel”, pero no se sabe cómo será en Palestina.

O sea: para que construir edificios sea un negocio más rentable que bombardearlos, hace falta que el territorio en cuestión deje de ser un campo de batalla, y para eso haría falta que alguien en la Franja de Gaza quiera gobernar bajo la ocupación sionista a una población civil completamente devastada. Hoy día no hay nadie que quiera llevar a cabo esa faena. Lo único que hay allí son fuerzas político-militares que han llegado demasiado lejos como para querer volver a la normalidad del apartheid, y una población que tampoco tiene nada que ganar volviendo a la situación previa al 7 de octubre. Así que a “Israel” y Estados Unidos sólo les queda una cosa por hacer: demostrarle a los palestinos que están dispuestos a moderar su frenesí vengativo y darle a Hamás la oportunidad de tener un papel protagónico en las negociaciones que vendrán. Esperan que Hamás imite a la Autoridad Palestina, que ha sabido vender por un buen precio su colaboración con los sionistas.

A Hamás no le interesa la solución de dos estados, que de todas formas ya nadie cree que sea posible, pero podría tal vez querer ir a esa negociación a fin de ganar tiempo para futuras ofensivas, mientras recompone su dañada hegemonía política. Todo indica que esa es la esperanza de Biden, y que en esa dirección apunta su consejo a Netanyahu de no ocupar Gaza. Es una advertencia dirigida a “Israel”, pero también es un mensaje torpemente dirigido a Hamás: “tendrán su guerra, chicos, pero por ahora necesitamos calmar las cosas porque el asunto se nos ha escapado de las manos”. Esto, por supuesto, es una admisión de derrota. Por su parte, Hamás sabía desde el principio cuál iba a ser el resultado de su acción del 7 de octubre, y no tiene ningún motivo para detenerse o retroceder ahora.

En otras palabras, “Israel” ya ha perdido esta guerra, y no porque no pueda mantener una presencia militar en la Franja de Gaza durante un año o más. Ha perdido porque su reacción vengativa desmesurada destruyó completamente el sostén político y mediático internacional que todo estado importante necesita para librar una guerra, y con mayor razón para perpetrar un genocidio. El estado birmano puede cometer un genocidio contra los rohinyá porque en occidente a nadie le importa y ningún político va a pagar con votos su complicidad, pero “Israel” no es Birmania: no goza de esa invisibilidad. Su importancia geopolítica es tal, y sus dirigentes se han deslizado tan abiertamente hacia una forma brutal y desvergonzada de fascismo, que sus socios estadounidenses y europeos están empezando a inquietarse por las repercusiones políticas que esto tendrá en sus propios dominios domésticos. Ahora tienen que mostrarle a los palestinos que quieren negociar, y para eso tendrán que sacar del juego a Netanyahu.

Así que probablemente en un futuro cercano veamos a los dirigentes burgueses occidentales y a sus empleados de la prensa tomar distancia del carnicero Netanyahu. Veremos cómo fingen sorprenderse, espantados, al descubrir unos crímenes que no sabían que se estaban cometiendo, y les veremos sollozar por las víctimas en la Franja de Gaza, a las que no habían tenido ocasión de ver sufrir tanto. Dirán que siempre han estado en contra de cualquier genocidio, que siempre sospecharon que Netanyahu era un asesino desquiciado, y que no sabían que estuviera violando algún tipo de ley internacional. Dirán que lo suyo ha sido siempre, qué duda cabe, condenar la violencia venga de donde venga. Se indignarán cuando alguien ponga en duda sus lágrimas de cocodrilo y, si se sienten lo bastante motivados, hasta es posible que exijan llevar a Netanyahu a la Corte Penal Internacional. Esa clase de giro dramático ayuda a la credibilidad y eleva la moral del público.

Esta historia se ha repetido hasta la náusea: Saddam Hussein, Osama bin Laden, Muammar Gaddafi, los talibanes, Manuel Noriega: todos fueron en su momento respaldados incondicionalmente por Estados Unidos, hasta que los inversionistas decidieron que se trataba de dictadores criminales a los que había que llevar a la horca. No hay razón para creer que Netanyahu no pueda terminar exactamente igual. La cuestión es quién lo va a reemplazar al mando de la entidad colonial sionista. O, lo que es lo mismo, a quién nos van a ofrecer como figura motivacional a cambio de nuestra credulidad democrática. Porque en definitiva de eso se va a tratar todo de aquí en adelante: del triunfo de la democracia y los derechos humanos, del diálogo y la decencia que tan bien caracterizan a la gente blanca y civilizada.

Puede que en esta especie de final feliz el héroe que se nos ofrezca para lavar la sangre de las manos blancas y hacernos sentir como en casa, sea el progresista saludable y bonachón Yair Lapid. Cara visible de la oposición a Netanyahu, reconocido defensor de los valores democráticos, de los derechos humanos, de la mujeres y de la comunidad LGTB+, Lapid es una voz familiarmente laica, razonable, tan enemiga del irracionalismo islámico como cualquier occidental bien nacido. Alguien como nosotros, amante de los niños, sensible al sufrimiento ajeno, partidario de intercambiar prisioneros y de llevar ayuda humanitaria a las víctimas de Hamás en la Franja de Gaza; favorable a reanudar el diálogo con la Autoridad Palestina y de un entendimiento duradero con los dueños del petróleo en Medio Oriente; un político realista y sensato que justifica el genocidio sólo cuando es estrictamente necesario, y lo condena cuando el precio sobrepasa la línea roja dibujada en los gráficos de popularidad. Alguien capaz de, en medio de una guerra, exigir la renuncia de Netanyahu, y dispuesto a restablecer un genocidio de bajo perfil cuando el Pentágono ordena que por ahora ha sido suficiente de bebés descuartizados.

Con Yair Lapid o cualquier otro a la cabeza, los sionistas seguirán en el poder, pero con un rostro amable que nos haga olvidar los excesos genocidas de ayer y nos devuelva a la razón, recordándonos que la resistencia palestina nunca fue otra cosa que la autoritaria sobrerreacción de unos anticuados islamistas homofóbicos y patriarcales. Todo esto se hará, claro, para cubrir la vergonzosa derrota militar y política de “Israel”, y sobre todo para sepultar en el olvido la radicalización que el horror de estas semanas provocó en todo el mundo.

@bolchebeat