Artículo publicado en Contracultura.cc


El debate en torno a cómo ha interpretado el marxismo el Estado ha hecho correr ríos de tinta. Sin embargo, quizá sea más útil trenzar las ideas clásicas de Marx, Engels y Lenin con cuestiones planteadas más recientemente desde el propio movimiento obrero, aspecto en el cual sobresalen las aportaciones de la autonomía obrera, especialmente del operaísmo italiano. Asimismo, este cruce de lecturas permite trazar un mapa mucho más completo (y complejo) de la evolución del capitalismo en las últimas décadas y de las coyunturas que se abren actualmente; y abandonar estrategias fallidas en torno al Estado, recuperando y actualizando el potencial de la obra y la praxis del leninismo, sin olvidar que como afirmaba el primer punto de los Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos».

Déspota oriental. Tirano. Blanquista. Totalitario. Epítetos como estos construyen el espantapájaros leninista contra el que normalmente se carga. Pero detrás de ello se esconde un debate mucho más complejo y fructífero. Indudablemente, desde sectores como el anarquismo o el movimiento autónomo se han realizado críticas constructivas y legítimas: las ideas de Lenin pecan de vanguardismo (los obreros no son contenedores vacíos que haya que rellenar de conciencia: la propia praxis tiene el potencial de generarla[1]; los soviets se lo demostraron a Lenin); su estrategia durante la Revolución rusa y la posterior guerra civil puede ser censurable en muchos aspectos. Sin embargo, no podemos obviar que parte importante de estas críticas se realizan realmente más hacia la posterior (re)elaboración del (marxismo-) leninismo (o séase, estalinismo) tras su muerte. El pensamiento de Lenin fue usado apologéticamente por la reacción estalinista y los partidos socialdemócratas para justificar su práctica contrarrevolucionaria (represión, autoritarismo, institucionalización, pactismo…) y su teoría mecanicista en torno a la revolución.  Pero una lectura más atenta de la obra de Lenin, especialmente tras la experiencia de la revolución de 1905, especialmente en El Estado y la Revolución, ofrece una perspectiva totalmente contraria: «la revolución se cabalga, no se dirige»[2]. Esta es la intersección que nos interesa, que debemos recuperar para no arrojar las aportaciones leninistas al basurero de la historia ni anular mediante el Partido o la vanguardia intelectual el poder autoconstitutivo, práctico y autónomo del movimiento obrero. En esta línea, Antonio Negri nos revela un Lenin totalmente distinto a la falsaria construcción marxista-leninista. Un Lenin compatible con la praxis de la autonomía obrera (italiana, operaísmo), un Lenin totalmente libertario que se dirige sin piedad contra el Estado. Lenin no es un tótem al que rezar, un tabú a evitar o un espantapájaros a derribar. Es una pella de barro que podemos, que debemos modelar para responder a las necesidades y problemas de hoy.

Es habitual acusar al leninismo de estadófilo, cuando habría que calificarlo de estadocéntrico: sí, hay una reflexión obsesiva en torno al poder y al Estado (¿en qué filosofía de la Modernidad no se da este fenómeno?), pero no en el sentido mistificador y autojustificativo marxista-leninista y/o socialdemócrata, sino en un sentido radicalmente marxiano: «tanto en los movimientos obreros de los siglos XIX y XX como en el propio movimiento comunista, no hay de hecho ninguna idea sobre la toma del poder que no esté relacionada con la abolición del Estado»[3]. En El Estado y la Revolución —escrito en 1917, en plena Revolución rusa— se recuperan, se arrancan, las ideas de Marx y Engels sobre el Estado y la estrategia en torno a él de las garras mistificadoras de la II Internacional: la estrategia de destrucción de la maquinaria burocrática-militar esbozada en el conocido fragmento de «¡Bien cavado, viejo topo!» del 18 Brumario, las lecciones de La guerra civil en Francia, la relectura de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels (pero, como señala Negri, alejándose de las especulaciones antropológicas): el Estado se perfila como la forma del dominio de clase; la maquinaria estatal se revela como un obstáculo para las necesidades del movimiento obrero: se hace necesaria la creación de un nuevo poder constituyente que la destruya hasta sus cimientos.

Así pues, desgranemos esta estrategia en torno al Estado a la luz de su época y de la coyuntura actual para convertirla en herramienta de las potencialidades autónomas, en herramienta de una estrategia política que (como hizo Lenin actualizando las ideas de Marx y Engels) sea efectiva ante las dinámicas del capital y la composición de clase de la «formación social determinada» de hoy.

El punto de partida de esta estrategia leninista es el análisis de la dialéctica lucha de clases-expansión imperialista (este último término engloba la alianza Capital-Estado). El imperialismo y su inevitable extensión, la guerra, son productos necesarios en el proceso de reestructuración del «poder de mando» del capital sobre la clase obrera (cada vez más organizada y amenazante). Se trata de la misma dialéctica propuesta por los operaístas italianos: la dinámica del capital sigue a la acción de la clase obrera. En palabras de Negri: «la aceleración de los procesos imperialistas y la agudización de sus contradicciones chocan con sus fundamentos de clase. Las contradicciones externas estallan para convertirse de nuevo en […] representaciones generales de las contradicciones internas, de clase»[4]. Aquí volvemos de nuevo a nuestro problema: el Estado. Instancia externa mediadora entre antagonismos de clase irreconciliables, el Estado tiene su papel como externalizador (neutralizador) de las contradicciones internas de una sociedad. Así, Lenin cuestiona de arriba abajo el andamiaje teórico reformista de la II Internacional, que puso la teoría del Estado al servicio de las aristocracias obreras y la expansión del capital (nacional primero y luego colonial). Sí, estas teorizaciones bernsteinianas o kautskistas todavía toman formalmente el Estado como producto externo de una formación social determinada, pero asumen como verdadera su función mediadora: para ellos el Estado puede conciliar los antagonismos de clase; por consiguiente, niegan la relación dialéctica entre la construcción del Estado y la lucha de clases: niegan el dominio de clase y la vía insurreccional, revolucionaria, para su destrucción. Disparando contra esta línea argumental Lenin dirige su crítica hacia Kautsky, para quien el Estado es un aparato neutral que se puede tomar sin un proceso revolucionario violento y cuya destrucción no es una prioridad. Según Lenin estos ideólogos «obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo existe allí donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases, “corrigen” a Marx de tal manera que el Estado resulta ser un órgano de conciliación de las clases»[5]. ¿No llamamos a esto hoy «consenso» o «pacto de rentas»?

De esta forma, Lenin define una estrategia hacia el Estado totalmente opuesta a las nociones de la II Internacional, reformulando al Marx del 18 Brumario: «Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla»[6]. Era agosto de 1917, mientras unas socialdemocracias occidentales en «bancarrota» se hundían en el barro de las trincheras que ellas mismas habían cavado junto a sus burguesías nacionales, la Revolución de Febrero estaba perfeccionando (modernizando: este término —como se verá más adelante— tiene mucha importancia para el análisis de las sociedades post-II Guerra Mundial) esa «máquina» de la que hablaba Marx: había llegado el momento de destrozarla. En octubre se abriría esa puerta ofreciendo numerosos caminos; posiblemente se escogieron algunos de los más tortuosos y contradictorios, pero esa es una cuestión que excede lo que aquí se quiere tratar: estamos en ese tiempo antes de octubre en el que todo es todavía posible. Con todo, decíamos, la línea de acción leninista, sigue las luchas obreras, en tanto contrapunto del desarrollo del Estado-Capital (el conflicto en torno al salario es clave en esta lucha), luchas que arrancan a este organismo el poder representativo/parlamentario, pero solo como vía para mostrar sus límites y acelerar la confrontación con el ejecutivo. Olvidémonos de toda la monserga tan en boga actualmente sobre responsabilidad o un movimentismo que empuje al gobierno en determinada dirección. Lenin, por el contrario, apuesta por una política de hechos consumados, el «poder dual»: que el ejecutivo solo pueda reconocer logros conseguidos de facto por la autorganización de claseEl objetivo estratégico es hacer saltar por los aires las contradicciones internas (los antagonismos de clase de una formación social determinada) que el Estado externaliza (representa).

Salgamos de la Rusia de 1917 y retomemos hoy, estas enseñanzas de El Estado y la Revolución. Es obligado señalar que el esquema de Lenin no es directamente extrapolable (en el núcleo del leninismo está la adaptación de la estrategia a la «formación social determinada»). Sin embargo, el papel del Estado es de fondo el mismo: la anulación de las contradicciones internas de la sociedad vía externalización; el dominio de clase; la integración del conflicto. La necesidad de su extinción es la misma. En esta línea de actualización de la abolición leninista del Estado, Negri apunta (en el momento histórico de nacimiento de gran parte de las dinámicas presentes del capital) un aspecto medular en la argumentación: el Estado es una estructura particular de la organización capitalista del trabajo, de la organización de la explotación[7]. Hoy su capacidad de organización, de socialización masiva, es total: se hace efectiva la subsunción real del trabajo en el capital[8]. En el periodo de expansión imperialista el Estado afianzó su poder mediante la integración parcial (aristocracia obrera) y la reformulación del dominio sobre el obrero mediante la práctica violenta del Estado colonial. Durante la segunda mitad del siglo XX se producirá una importante mutación —de nuevo empujada por la potencia de la conflictividad obrera, de la crisis revolucionaria que despuntó en las llanuras rusas del Este europeo en febrero de 1917 y llegó a su ocaso en el extremo occidental ibérico en 1939, tras alumbrar Alemania (1918-19), Italia (1919-20)…—: «la función del Estado es cada vez más organizativa y cuanto más integración social genera, el dispositivo pasa cada vez más a través de los mecanismos convencionales de desarrollo social»[9]. En cierta forma, desde la posguerra mundial, podemos hablar de una producción endógena por parte del Estado de una clase: la clase media. Bajo un variopinto armazón ideológico (teóricos de la revolución conservadora y del corporativismo fascista; socialdemócratas y sindicalistas herederos de la aristocracia obrera de la II Internacional, economistas keynesianos, etc.) se invierten los términos de la relación obreros-capital. El capitalismo en su versión keynesiano-fordista progresivamente neutraliza el antagonismo social y erosiona el basamento de la política en la lucha de clases (una constante, en su forma contemporánea, desde el año simbólico de 1789). Integra a la clase obrera de los países «centrales», garantiza la reproducción social mediante las provisiones sociales y el salario familiar masculino. Si aceptamos que las clases existen no como simples categorías sociológicas, sino en tanto agentes (organizados y con una política de parte) antagónicos en un orden social irresolublemente contradictorio, la fase keynesiano-fordista del modo de producción capitalista logra mediante la integración del movimiento obrero y la «producción» de una clase (que no se identifica —antagónicamente— como tal, esto, es, una «no clase»[10]), decíamos, logra —o al menos se acerca en distintos grados a ello—  «el comunismo realizado en el capital», según la provocadora fórmula de Emmanuel Rodríguez: «En tanto forma social hegemónica, la clase media se articula como una suerte de comunismo ya realizado. Síntesis de Estado y capital, la clase media corresponde con la percepción extendida de una sociedad sin clases, o de forma más exacta, expurgada del antagonismo inscrito en la división de la sociedad en clases.»[11]. La sociedad de clases sigue existiendo, pero se ha conseguido inhabilitar la lucha de clases en tanto eje de las dinámicas políticas.

Como se ha anticipado, esta mecánica se ha mantenido firme hasta hoy (a pesar de la crisis de finales de los 60 y la década de 1970 que devolvió al primer plano el conflicto de clase y con él las intersecciones y bifurcaciones entre la estrategia leninista y la práctica autónoma[12]). El Estado ha mantenido la función de externalización de las contradicciones internas de la sociedad (de negación del conflicto irreconciliable entre clases) que ya identificaran Marx y Engels. Y mediante la producción de ese «pueblo del Estado» (en expresión de Emmanuel Rodríguez) que es la clase media ha conducido a la clase obrera en tanto movimiento obrero a su desvanecimiento. Primeramente, con la integración (sindicatos, partidos) ya mencionada a través del Estado del Bienestar, la concertación sindical, etc. y, posteriormente, mediante la vuelta de tuerca neoliberal tras el periodo de crisis de acumulación entre finales de los 60 y la primera mitad de la década de 1980 —marcado por el fin de la expansión capitalista de los Treinta Gloriosos, el resurgir de una conflictividad de clase con capacidad para marcar los ritmos al capital (así como capaz de poner el foco en otras instituciones y formas de dominio/integración como la familia, la normatividad sexual o la categoría de raza) y el derrumbe de la esfera del «socialismo real»—. Cuando ya hay que perder algo más que las cadenas (viviendas en propiedad, privilegios respecto a otros sectores más oprimidos, etc.) la potencia del movimiento obrero no se activa tan fácilmente. Realmente no hay una discontinuidad entre la integración keynesiano-fordista y neoliberal. El keynesianismo del bienestar muta en «keynesianismo de precio de activos»[13]. De aquí se deduce la impotencia de las políticas que únicamente cargan contra el malvado neoliberalismo y añoran periodos de mejores condiciones de vida e intervención estatal «social», ignorando que solo eran posibles (y en una parte muy determinada reducida del mundo) gracias a la dinámica expansiva del capital, no a una suerte de socialismo: «La retórica en torno a la crisis del Estado del Bienestar encubre […] una cuestión basilar: los límites del capital y de la noción capitalista de rentabilidad y beneficio»[14]. Se elude la naturaleza contradictoria del Estado del Bienestar: sí, fue resultado de las luchas obreras, pero fue integrado por el Estado/Capital, convirtiéndose en un mecanismo más de reproducción social. Si el Capital es una relación[15], siendo el «obrero» uno de sus términos, esta explicación resulta totalmente coherente y factible.

Con la acentuación desde 2008 de la crisis de larga onda del capitalismo los planteamientos de Negri a partir de Lenin, esto es las nociones marxianas de la marcha inexorable de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y del Estado como dominio de clase y externalizador de la conflictividad social, se certifican. Las costuras del Estado se tensan a la par que las contradicciones internas de la sociedad, el reformismo y el Estado, matrimonio indisoluble, entran en barrena. Aun así, las mistificaciones en torno al Estado identificadas por Lenin perduran. El neopopulismo (Mouffe, Laclau, etc.) es el kautskismo revisitado (como lo fue el eurocomunismo, como también lo fue el estalinismo); por otro lado, el Estado conciliador sigue haciendo las delicias de «moderados» y «extremistas» de todo color. Es imprescindible dejar de leer los conflictos internos de una formación social como externos, esto es, como exclusivos de la representación política (perspectiva hegemónica en las sociedades de clases medias: es una clase que existe en tanto mediada por el Estado, por ello, interpreta las contradicciones exclusivamente en el marco de lo político)[16]. Hasta que no se asuma que estos conflictos son internos, indisolubles del modo de producción capitalista e irresolubles dentro de la forma Estado, no se podrá abrir la vía de la extinción del Estado, de la toma del poder y su destrucción. Esta es la intersección crucial de esta lectura cruzada; es, en esencia, lo que Lenin toma de Pannekoek (a pesar de sus serias divergencias) para cargar contra la línea de Kautsky: «La lucha del proletariado no es sencillamente una lucha contra la burguesía por el poder estatal, sino una lucha contra el poder estatal […] El contenido de la revolución proletaria es la destrucción y eliminación de los medios de fuerza del Estado por los medios de fuerza del proletariado […] La lucha cesa únicamente cuando se produce, como resultado final, la destrucción completa de la organización estatal. La organización de la mayoría demuestra su superioridad al destruir la organización de la minoría dominante»[17].


[1]. «La finalidad de todo el movimiento obrero: conocimiento y organización. El conocimiento es, en su forma primera y más simple, conciencia de clase que, poco a poco, crece hacia la clara comprensión de la esencia de la lucha política y de la lucha de clases en general, y de la naturaleza del desarrollo capitalista» Anton Pannekoek, «Acciones de masas y revolución», Die Neue Zeit, año XXX, vol. 2, 1912, https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1912/revolucion.htm.

[2]. Emmanuel Rodríguez López, La política contra el Estado. Sobre la política de parte, Madrid, Traficantes de Sueños, 2018, p. 32.

[3]. Antonio Negri, «Qué hacer hoy con ¿Qué hacer?, o el cuerpo del general intellect» en Sebastian Budgen, Stathis Kouvelakis y Slavoj Zizek (eds.), Lenin reactivado: hacia una política de la verdad, Madrid, Akal, 2010, p. 285.

[4]. Negri, La fábrica de la estrategia, Madrid, Akal, 2004, p. 173.

[5]. Vladimir Ilich Lenin, El Estado y la Revolución, Madrid, Fundación Federico Engels, 1997, p. 29.

[6]. Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 4ª ed., Hamburgo, 1907, pp. 98-99, citado en Lenin, op. cit., p. 50.

[7]Cf. Negri, op. cit. p. 184

[8]Cf. Marx, El Capital¸vol. I, Madrid, Siglo XXI de España, 2017, pp. 589-92.

[9]. Negri, op. cit. p. 185.

[10]. Véase Emmanuel Rodríguez López, El efecto clase media. Crítica y crisis de la paz social, Madrid, Traficantes de Sueños, 2022.

[11]Ibid., p. 108. Para una exhaustiva exposición de este argumento (y el análisis particular en el Estado español) véase completamente Ibid., así como los trabajos anteriores del mismo autor Hipótesis Democracia. Quince tesis para la revolución anunciada, Madrid, Traficantes de Sueños, 2013 y La política… op. cit., pp. 47-99.

[12]. De nuevo véase Rodríguez López, Hipótesis… op. cit. La política… op. cit., pp. 99-131.

[13]. Empleando el término de Robert Brenner. «[se han sustituido] los déficits públicos del keynesianismo tradicional por los déficits privados y la inflación de activos, en lo que bien podría llamarse un keynesianismo de precios de activos, o, con igual pertinencia, una política económica de la burbuja.», Robert Brenner, «Crisis económica: la mirada de un historiador», Sin Permiso, 18 de mayo de 2008.

[14]. Corsino Vela, Capitalismo terminal. Anotaciones a la sociedad implosiva, Madrid, Traficantes de Sueños, 2018. P. 184. Para el análisis de los límites del capital en la producción y la realización véase la primera parte «El capital en la esfera de la producción y sus límites», pp. 53-138, y la segunda «El capital en la esfera de la realización», pp. 139-182; pero para la cuestión principal de este texto se tiene en cuenta especialmente la tercera y cuarta parte, «Límites de la reproducción social capitalista» y «El colapso» pp. 183-282.

[15]Cf. Marx, op. cit., I, p. 214 y III, p. 927-28.

[16]. Ese es el límite fundamental que identifica Emmanuel Rodríguez en La política en el ocaso de la clase media. El ciclo 15M-Podemos, Madrid, 2016, Traficantes de Sueños; también véase el capítulo XII de El efecto…, «La primera crisis política de la clase media:

del 15M a Podemos», pp. 357-392.

[17]. Citado en Lenin, op. cit. p. 134. Texto completo en Pannekoek, art. cit., https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1912/revolucion.htm