Esta es la introducción del libro Mute Compulsion: A Marxist Theory of the Economic Power of Capital (Verso Books, 2023), publicado en castellano por Ediciones Extáticas (mayo 2023), con el título Compulsión muda: Una teoría marxista del poder económico del capital.

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Cuando el antiguo esclavo, crucificado por su amo, se retorcía en inefable agonía, cuando el siervo se derrumbaba bajo la vara del capataz de corvée o bajo la carga del tra-bajo y la miseria, al menos el crimen del hombre contra el hombre, de la sociedad contra el individuo, quedaba al descubierto, expuesto, atroz en su desnudez, flagrante en su brutalidad. El esclavo crucificado, el siervo mártir, murió con una maldición en los labios, y su mirada moribunda se encontró a sus verdugos con odio y promesa de venganza. Solo la sociedad burguesa cubre sus crímenes con un velo de invisibilidad. -Rosa Luxemburg1

A pesar de más de una década de crisis, resistencia enérgica y una pandemia mundial, el capitalismo se mantiene. En 2008 fue golpeado por una de las crisis más profundas de su historia. A medida que los gobiernos acudían a su rescate, un nuevo ciclo de luchas contra la comercialización acelerada de la vida social emergía. Hoy, nuestra situación aún está profundamente conformada por la crisis y sus repercusiones. La gran recesión de finales de los 2000 solo es la culminación preliminar de una crisis prolongada mucho mayor, que irrumpió al finalizar el boom de postguerra en los años 70 (Brenner, 2006; Brenner, 2009). Desde entonces, el capitalismo mundial ha estado haciendo aguas. Durante casi cinco décadas, se ha mantenido a flote por medio de la deuda, la externalización, la austeridad, la privatización y la depresión salarial, pero ni siquiera este tratamiento integral de los síntomas ha logrado detener el estancamiento mundial en curso (Benanav, 2020). Un pequeño grupo de empresas hiper-rentables como Apple, Alphabet, Amazon y Meta ha huido de un mar global de las llamadas empresas zombis que bregan con bajos niveles de productividad y rentabilidad y se mantienen con vida gracias al crédito barato proporcionado por gobiernos que tratan desesperadamente de evitar las consecuencias políticas de lo único que podría generar la base para una recuperación económica, a saber, una destrucción de capital a gran escala (Smith, J. E., 2020). Las instituciones políticas en todas partes sufren una profunda desconfianza; todo el mundo está harto de los políticos y los partidos, y ya nadie cree que el Estado pueda ser garante de la voluntad popular. El frágil optimismo de los 90 y principios de los 2000 ha dado paso a un sombrío sentimiento de un desastre que se aproxima, en gran medida debido a la emergencia climática, cuya existencia todos reconocen, pero a la que sin embargo se le permite continuar, dado que en este mundo los beneficios son más importantes que la vida.

Y, sin embargo, aquí estamos: el capitalismo sigue con nosotros. O quizá es al revés: aún estamos con él. En ciertos aspectos, la fortaleza del capital sobre la vida social parece más sólida que nunca; jamás tantos aspectos de la vida y partes tan grandes del mundo habían sido dependientes de los circuitos globales del valor valorizándose a sí mismo. Aunque aún es muy pronto para dibujar un balance acabado sobre la era post 2008, es obvio que las fuerzas del capital han triunfado en el impulso de sus objetivos. Los bancos han sido rescatados, los impuestos han sido recortados, la austeridad ha sido impuesta, se han amasado beneficios. La desigualdad sigue aumentando, la forma-mercancía continúa infiltrándose en nuevas esferas de la vida, la biosfera sigue dirigiéndose al abismo y 780 millones de personas viven todavía en situación de hambruna crónica. En los años 30, después de la larga depresión de finales del siglo XIX, la Primera Guerra Mundial, las revoluciones alemana y rusa, y la Gran Depresión de principios de los años 30, Walter Benjamin concluyó: «La experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirá de muerte natural» (1999, p. 667). Hoy sabemos que el capitalismo no solo ha sobrevivido, sino que se ha reforzado, en y a través de crisis, revoluciones, insurrecciones, guerras y pandemias. La expansión capitalista y su atrincheramiento en medio de la crisis y el descontento; esa es nuestra coyuntura, y nos invita a formular una pregunta importante: ¿cómo consigue el capital mantener su agarre sobre la vida social? ¿Cómo es siquiera posible que un orden tan volátil y hostil a la vida pueda durar siglos? ¿Por qué no ha colapsado todavía el capital?

Poder coercitivo, ideológico y económico

En las secciones finales del primer volumen de El Capital, Karl Marx narra la historia de cómo el mandato del capital fue históricamente establecido: «En la historia actual, es un hecho notable que la conquista, la esclavitud, el robo, el asesinato, en definitiva, la violencia, tiene el mayor papel» (C1: 874). El modo de producción capitalista vino al mundo «goteando de la cabeza a los pies, de cada uno de sus poros, sangre y barro» (C1: 926). Marx también sostuvo, no obstante, que no podemos asumir que las formas de poder requeridas para lograr un cierto estado de cosas sean idénticas a las formas de poder requeridas para su reproducción. Al contrario: cuando la violencia lleva a cabo su tarea, otra forma de poder puede entrar en escena. En un pasaje del cual el presente estudio toma su título, Marx describe cómo, una vez las relaciones capitalistas han sido instaladas:

la compulsión muda de las relaciones económicas sella la dominación del capitalista sobre el trabajador. La coerción extraeconómica e inmediata sigue todavía siendo utilizada, pero sólo en casos excepcionales. Durante el curso normal de las cosas, el trabajador puede dejarse a merced de las «leyes naturales de la producción», esto es, es posible dejarse a merced de su dependencia del capital, que surge de las propias relaciones de producción, y está garantizada perpetuamente por ellas mismas. (C1: 899)2

La violencia es, pues, sustituida por otra forma de poder: una forma que no es inmediatamente aprehensible por los sentidos, pero tan brutal y despiadada como la violencia misma; una forma de poder impersonal, abstracta y anónima, integrada inmediatamente en los propios procesos económicos y no adherida a ellos de forma externa: la compulsión muda o, como también me referiré a ella, el poder económico.

Aunque el énfasis en la importancia de la «compulsión muda de las relaciones económicas» para la reproducción del capitalismo se puede encontrar frecuentemente en la colección caótica, y mayoritariamente inconclusa, de los escritos que constituyen la crítica de la economía política de Marx, este nunca articuló un análisis coherente y sistemático de esta nueva forma histórica de dominación social. Tampoco sus seguidores, aunque hayan hecho aportes significativos en las últimas décadas, han llevado a cabo esta tarea, y a ello regresaremos más tarde. La mayoría de intentos de dar cuenta de la reproducción del capitalismo descansan sobre una suposición que tiende a oscurecer el funcionamiento del poder económico, la de que la naturaleza del poder se presenta mediante dos formas fundamentales e irreductibles: violencia e ideología. Tomando prestado y alterando ligeramente un término de Nicos Poulantzas (2014, p. 78), me referiré a esto como el binomio violencia-ideología (ver también Foucault, 1991, p.28). Versiones alternativas de esta dualidad incluyen coerción y consentimiento, poder duro y poder blando, dominación y hegemonía o represión y discurso.

La fórmula básica -muchas veces implícita- que tenemos sobre la mesa consiste en que podemos explicar la reproducción de las relaciones sociales capitalistas aludiendo a la capacidad de los dominadores para hacer uso de la violencia o a su capacidad para dar forma a nuestra manera de percibir y entendernos a nosotros mismos, así como a nuestro mundo social, tanto consciente como inconscientemente. La teoría de la ideología de Louis Althusser es un buen ejemplo de esta forma de razonamiento: según Althusser, la reproducción de las relaciones de producción capitalistas «está asegurada por la superestructura, por la superestructura jurídico-política y por la superestructura ideológica». En este conocido esquema, las relaciones de producción son reproducidas por los aparatos represivos e ideológicos del Estado, que descansan sobre la ideología y la violencia, respectivamente (Althusser, 2014, pp. 140, 244).

No hay duda de que el capitalismo sería imposible sin la presencia constante del poder coercitivo e ideológico. Pero el poder del capital es más que eso. La violencia y la ideología son formas de poder que se dirigen directamente al sujeto, tanto forzándolo inmediatamente a hacer ciertas cosas como dando forma a la manera concreta en que piensa. El poder económico, por otra parte, dirige al sujeto solo indirectamente, actuando en su entorno. Mientras que la violencia como forma de poder está relacionada con la capacidad para infligir dolor y muerte y la ideología con la capacidad de conformar cómo la gente piensa, el poder económico está vinculado con la capacidad de reconfigurar las condiciones materiales de la reproducción social. El concepto de «reproducción social» debería entenderse en el sentido estricto bajo el cual se incluyen todos los procesos y actividades necesarias para garantizar la continuidad de la vida social. El poder económico es, por ende, un concepto que pretende captar la manera mediante la cual las formas de dominación social se reproducen a sí mismas a medida que se inscriben en el entorno de aquellos que están sujetos a las mismas.

En este libro ofreceré una teoría del poder económico del capital. Sobre la base de una lectura atenta y una reconstrucción crítica de la inconclusa crítica de la economía política de Marx intentaré explicar por qué el poder del capital toma la forma de una «compulsión muda de las relaciones económicas»; por lo tanto, intentaré localizar sus fuentes, identificar sus mecanismos, explicar sus formas, distinguir sus diferentes niveles y especificar las relaciones entre los mismos. Lo que no haré es ofrecer un análisis de una variante histórica y geográfica particular del modo de producción capitalista; en vez de ello me centraré en lo que Marx calificó «el núcleo» o el «promedio ideal» del modo de producción capitalista, esto es, la lógica, estructura y dinámicas que constituyen la esencia del capitalismo, a través de sus variaciones históricas y geográficas (M: 376, 898).

La economía: un sistema de dominación

Una de las razones por las que la crítica marxiana de la economía política es un punto de partida indispensable para desarrollar una teoría del poder económico del capital es su firme rechazo de las concepciones economicistas de la economía, es decir, de la idea de que la economía es una esfera ontológicamente separada de la sociedad regida por su propia lógica o racionalidad «económica» distintiva. Para Marx, «la economía» es social de principio a fin; él «trata la economía misma no como una red de fuerzas desencajadas, sino, al igual que hace con la esfera política, como un conjunto de relaciones sociales», según dice Ellen Meiksins Wood (2016, p. 21s). Este antieconomicismo desmarca radicalmente a Marx de la economía burguesa y es un presupuesto esencial de una teoría del poder económico del capital.

La crítica de la economía política no es una economía política crítica o una economía alternativa, sino una crítica del conjunto teórico -e ideológico- de la economía política (Heinrich, 1999a, pts 1, 2, 2012a, p. 32s). Mientras que los economistas se dedican al negocio de transformar las relaciones sociales en unidades abstractas cuantificables que se puedan insertar después como variables en modelos idealizados, la crítica marxiana de la economía política hace lo contrario: pone al descubierto las relaciones sociales que se esconden tras las categorías económicas (Bonefeld, 2014).

Dichas relaciones sociales son relaciones de dominación. Las relaciones de poder no son algo que está superpuesto a «la economía», como sostiene la teoría de la ideología de Althusser, donde la reproducción de las relaciones de propiedad en la base económica ocurre por fuera de esta base. Lo característico del poder del capital es precisamente que éste cuenta con la capacidad para ejercerse a través de los procesos económicos, o, dicho de otra forma, que la organización de la reproducción social bajo la base del capital mismo da lugar a un conjunto de poderosos mecanismos que tienden a reproducir las relaciones de producción. Desde esta perspectiva antieconomicista se hace posible ver la economía capitalista como un sistema de poder (Palerno, 2007). Este es el por qué de lo terriblemente erróneo que es acusar a Marx de economicismo; fue precisamente el rechazo resuelto de toda noción de una lógica «económica» transhistórica aquello que permitió a Marx observar y criticar la compulsión muda del capital.

Como disciplina académica, la economía parte del «rechazo a reconocer las relaciones de poder en la sociedad», como sostienen Robert Chernomas e Ian Hudson (2017, p.7). Los economistas describen la economía capitalista como el resultado de una serie de acuerdos voluntarios entre individuos libres e iguales, esto es, como una esfera en la cual la dominación es excluida a priori. Desde el comienzo, la economía es definida por la ausencia de poder. Para los economistas, la expresión «el mercado libre» es un pleonasmo, mientras que para Marx es una contradicción en sus propios términos. Esta desaparición del poder es el resultado de una operación intelectual doble.

Primero, el mercado es presentado como el momento determinante de la totalidad económica; lo que es realmente una parte de la economía es abstraída de la totalidad y puesta como representante del todo. Esta primacía del intercambio ya era discernible en la economía política clásica, pero solo llegó a consolidarse con la llamada revolución marginalista de 1870 (Perelman, 2011, p.11; Clarke, 1991a, capítulos 6,7). En la economía neoclásica, el intercambio mercantil es presentado como «el principio organizador central de la sociedad capitalista», como señala Anwar Shaikh (2016, p. 120; ver también Henning, 2015, p. 123).

En algunas variantes de la economía moderna, especialmente en el trabajo de Gary Becker, el intercambio voluntario de bienes entre agentes mercantiles racionales y maximizadores de la utilidad marginal en el mercado es elevado al axioma a mediante el cual todos los fenómenos sociales pueden ser entendidos (Chernomas y Hudson, 2017, p78).

La segunda operación intelectual subyacente en la desaparición de las relaciones de poder en la economía es la introducción de un conjunto de ideas cuyo resultado es una concepción del mercado que excluye la sola posibilidad de la dominación. Los agentes que establecen transacciones en el mercado son entendidos como individuos aislados, hiperracionales y maximizadores de la utilidad, con información y expectativas infinitas e infalibles. Este individuo racional es el punto central de la ontología social de la economía, una especie de sustancia sui generis que da cuenta de todo lo demás. Asumiendo esta racionalidad económica transhistórica, la necesidad de explicar la existencia del capitalismo desaparece convenientemente: la economía capitalista aparece simplemente como lo que sucede si se permite desplegar la naturaleza humana sin impedimentos. Este es el motivo, como sostiene Wood (2002, p.4), de que «en la mayoría de análisis del capitalismo y sus prolegómenos no haya realmente un origen».

Los economistas entienden erróneamente el mercado como el lugar donde estos individuos racionales se encuentran y entran en relaciones contractuales entre ellos. En un mercado competitivo no hay barreras de entrada y, por lo tanto, no hay monopolios más allá de los llamados monopolios naturales. La ausencia genérica de monopolios implica que un agente mercantil jamás es forzado a establecer negocios con otro agente particular, y por eso todo acto de intercambio puede definirse como voluntario. Los individuos que se encuentran en el mercado lo hacen como propietarios de mercancías, y como tales son completamente iguales. Lo que estos individuos son fuera de las relaciones mercantiles se entiende como irrelevante para la teoría económica, de modo que la pregunta acerca de por qué se relacionan en el mercado desaparece -generalmente, la teoría económica asume que la gente que aparece en el mercado para vender sus mercancías lo hace después de haber sopesado cuidadosamente las posibilidades abiertas para ellos y haber concluido cuál sería la más racional, esto es, la forma más eficiente de satisfacer sus necesidades-. Este es el tipo de razonamiento que hace posible que alguien como Milton Friedman (2002, p. 13) presente «la técnica de la posición en el mercado» como vía para «coordinar las actividades económicas de millones de personas» mediante la «cooperación voluntaria de los individuos». O, en sus propias palabras:

Dado que los hogares siempre tienen la alternativa de producir directamente para sí mismos, no necesitan entrar en ninguna relación de intercambio salvo que se beneficien de la misma. Por lo tanto, no tendrá lugar ningún intercambio salvo que los dos polos se beneficien del mismo. La cooperación es alcanzada sin coerción.

Este pasaje es importante porque explica lo que normalmente se esconde como una suposición implícita en la teoría económica, concretamente que la gente tiene la posibilidad de reproducirse a sí misma fuera del mercado. Esta es la suposición que hace que el mercado se nos aparezca como si fuese una esfera de libertad: no solo los agentes son libres de elegir con quién quieren intercambiar sus bienes, también son libres hasta de elegir si participar o no en el intercambio. Esto es por lo que el mercado se concibe como una institución que provee al individuo de oportunidades, un concepto que es «absolutamente trascendental para la comprensión del sistema capitalista» (Wood, 2002, p.6).

Estas suposiciones y abstracciones forman la base de los modelos matemáticos idealizados tan característicos de la economía contemporánea. La transformación de la economía en una disciplina fija basada en el desarrollo de modelos formales matemáticos permitió a ésta presentarse a sí misma como «una disciplina no ideológica, orientada a proporcionar conocimiento positivo y respuestas científicas a las cuestiones políticas» (Chernomas y Hudson, 2017, p. 19; ver también Boltanski y Chiapello, 2018, p. 12). La mayoría de economistas sostienen que la realidad no se acomoda siempre a sus modelos: admiten que los fallos de mercado existen, que tenemos que introducir la posibilidad de imperfecciones con el fin de analizar la economía real y que algunos bienes y servicios pueden difícilmente o incluso no pueden distribuirse a través de mercados competitivos. Los fallos de mercado alteran la por lo demás perfecta igualdad de los agentes mercantiles y, por ende, hacen posible que un agente domine a otros -y es solo mediante esta vía, a través de los fallos de mercado, que el poder puede tener cabida en la teoría económica-. Bajo este punto de vista, el poder señala una desviación de la norma, un fallo o una imperfección de un sistema que podría estar libre de esas dis-rupciones: «Las relaciones de poder emergen solo cuando los contratos no son correctamente ejecutados», como Giulio Palermo (2014, p. 188) recoge en su crítica de la economía.

La economía en la teoría social

Mientras que el intento de hacer desaparecer las relaciones de dominación alcanza su expresión más clara en la economía convencional, está también extendida por todas partes en las ciencias sociales. La ciencia política mainstream está dominada por una noción estado-céntrica del poder y generalmente relega el estudio de la economía a la teoría económica, aceptando así de manera implícita la despolitización economicista de la economía. El famoso diagnóstico de Michel Foucault de que, en el campo «del pensamiento y análisis político, aún no hemos cortado la cabeza del rey» (Foucault, 1998, p. 88), sigue teniendo plena actualidad. No obstante, Foucault es él mismo un representante de otra manera de evitar la cuestión del poder económico que ha sido popular entre los teóricos sociales desde los años 80: haciendo uso de una crítica vaga al marxismo como excusa para no tener que tratar adecuadamente con la economía. Como muchos otros antes y después que él, Foucault a menudo dibuja una dudosa distinción entre «lo económico» y «lo social» y sostiene -en contra de lo que entiende como economicismo marxista- que «mientras que el sujeto humano es colocado en las relaciones de producción y de significación, igualmente es colocado en relaciones de poder»; como si las relaciones de producción no fuesen relaciones de poder (Foucault, 2002, p. 327; ver Poulantzas, 2014. pp. 36, 68).

Foucault comparte esta visión del marxismo con otros pensadores influyentes como Pierre Bourdieu, Anthony Giddens, Bruno Latour, Jürgen Habermas, Ulrich Beck, Niklas Luhmann, Axel Honneth, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe.3 Uno podría sostener que la tendencia en la teoría social en las últimas cuatro décadas puede ser vista como una reacción frente a lo que es percibido como economicismo marxista. La suposición compartida por estos académicos y tradiciones es que el marxismo hace de «la economía», entendida como una esfera social diferenciada con una racionalidad económica o técnica diferenciada, el momento determinan-te de la totalidad social, reduciendo así la naturaleza multifacética de lo social a este factor. Bourdieu reaccionó a esto desarrollando su teoría de las formas del capital, según la cual el capital cultural y social no pueden ser reducidos al capital económico (Desan, 2013). Habermas abandonó la crítica marxiana de la economía política por una teoría de la comunicación pragmático-kantiana (Postone, 2003, capítulo 6). La teoría discursiva postmarxista de Laclau y Mouffe (2014, p. 107) rompió con el economicismo del «marxismo clásico» rechazando «la distinción entre prácticas discursivas y no-discursivas» e insistiendo en «que todo objeto es constituido como un objeto discursivo», una posición que conduce directamente al constructivismo idealista. Hablando en plata, lo que se conoce como giro cultural de la teoría social que siguió a la crisis del marxismo en los 70 dio lugar a la tendencia a excluir la economía de las discusiones acerca del poder, o a la aproximación a la economía a través de las lentes del postestructuralismo, en el cual la materialidad de la reproducción social se disuelve en una economía de significantes.

Esta crítica consabida al economicismo marxista no estaba completamente infundada; gran parte de la tradición marxista clásica realmente se sostenía en una noción profundamente economicista de la economía como factor determinante de la totalidad social, gobernada por una tendencia transhistórica del desarrollo de las fuerzas productivas. Y muchos de esos marxistas que rechazaban la posición ortodoxa generalmente centraban su atención en otros temas en lugar de desarrollar una teoría de la economía no economicista como un conjunto de relaciones sociales de dominación. El problema de la mayoría de estas críticas post-, no- y anti-marxistas del economicismo marxista, sin embargo, es que fracasaron en distinguir entre Marx y el marxismo, y trataban al último como si de una tradición homogénea se tratase. Como mostraré en este libro, la crítica marxiana de la economía política sigue siendo el mejor recurso para una demolición crítica del economicismo tanto burgués como del marxista.

La crítica inacabada de Marx

El propósito de este estudio es desarrollar una teoría del poder económico del capital. En otras palabras: quiero entender cómo funciona el capitalismo, o, de forma más precisa, cómo el capital es capaz de mantener su estatus como la lógica social que todos debemos obedecer para vivir.

Para ello, he vuelto a los escritos de Marx -especialmente los que conciernen a la crítica de la economía política, como los Grundrisse (1857-58), Una contribución a la crítica de la economía política (1859), los Manuscritos de 1861-63, el primer volumen de El Capital (1867/72) y los manuscritos del segundo (1868-77) y tercer libro (1864-65) de El Capital-.4 Lo he hecho porque estoy convencido de que el análisis de Marx del modo de producción capitalista provee una base indispensable para desarrollar una teoría del poder económico del capital. La prueba de esta postura es este mismo libro. A estas alturas, empero, se hacen precisas un par de clarificaciones acerca de mi uso de la obra de Marx.

Los escritos de Marx contienen todos los elementos básicos para una teoría económica del poder del capital, pero no contienen dicha teoría en algo así como una forma terminada. Esto es en parte porque Marx tenía un objetivo diferente: la crítica de la economía política fue intencionalmente un análisis de «la ley económica que rige la sociedad moderna» y no el proyecto más concreto de desarrollar una teoría de la compulsión muda de las relaciones económicas (C1: 92). Pero también se debe a que dejó la crítica de la economía política sin terminar en más de un sentido. Primero, en el sentido de que solo fue capaz de publicar uno de los cuatro libros que supuestamente compondrían El Capital -sin mencionar su plan de añadir estudios del Estado, el mercado mundial, etc.-. Marx dejó atrás miles y miles de páginas manuscritas, algunas de las cuales siguen sin publicar. Segundo, sus enormes proyectos de investigación también quedaron sin terminar en el sentido de que contienen problemas teóricos sin resolver (ver Heinrich, 1999a). El pensamiento de Marx evolucionó permanentemente hasta el final de su vida, pero su desarrollo no fue siempre consistente.

El carácter inconcluso de la mayoría de sus escritos y sus frecuentes cambios de opinión acerca de diversos temas implica que los descubrimientos relevantes para la construcción de una teoría económica del poder del capital están dispersos a lo largo de un gran número de manuscritos, entrelazados no solo con discusiones y tratamientos de otros temas teóricos o análisis empíricos concretos, sino también con patrones de pensamiento pertenecientes a etapas diferentes, y a ve-ces incompatibles, del desarrollo de sus teorías. Con el fin de extraer y hacer uso de los descubrimientos de Marx, es necesario localizarlos, profundizarlos, reconstruirlos en sus interrelaciones lógicas, examinarlos y sistematizarlos. Ese proyecto -cuyas condiciones han sido considerablemente mejoradas con la publicación en curso de una edición académica de los escritos de Marx en la Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA2)- constituye gran parte de este libro, aunque quiero enfatizar que no se trata de un ejercicio de marxología; su fin último es entender el capitalismo, no a Marx. A veces lo primero presupone lo último, y por esta razón, ocasionalmente, indago acerca del desarrollo intelectual de Marx y otros temas que pueden verse como meros intrincados marxológicos -pero lo hago solo si creo que en definitiva puede ayudarnos a entender el capitalismo-.

La esencia del capitalismo

Como ya he mencionado, mi propósito en este libro no es producir un análisis de una variante histórica o geográfica concreta del modo de producción capitalista. En su lugar, me interesa la esencia del modo de producción capitalista. ¿Qué significa entonces construir una teoría del poder económico del capital en este nivel de abstracción? La forma más sencilla de explicar esto es considerar brevemente qué ocurre en el primer volumen de El Capital. Aquí Marx parte de un hecho histórico, en concreto que en las sociedades capitalistas los productos del trabajo toman en general la forma de mercancías. Este es un simple hallazgo empírico que muestra un rasgo del modo de producción capitalista que inmediatamente lo separa de modos de producción no capitalistas, donde solo una porción marginal de los productos del trabajo es producida para el intercambio. Marx entonces se pregunta: ¿qué ocurre si la mercancía es la forma social general de los productos del trabajo? ¿Qué tipo de relaciones sociales deben regir para que esto sea posible?

Desde este punto de partida, o sea, desde esta determinación esencial de la sociedad capitalista, deriva los conceptos fundamentales y la estructura de su análisis, como la distinción entre valor de cambio y valor de uso, valor de cambio y valor, trabajo concreto y abstracto, la necesidad del dinero y sus funciones, el concepto de capital, la teoría del plusvalor y la explotación, la relación de clase subyacente a todo esto, etc. Esta serie de derivaciones dialécticas es lo que Marx llama «el método de elevarse de lo abstracto a lo concreto» (G: 101). Contrariamente a la creencia extendida, este «elevarse» no es simplemente aproximarse gradualmente a la realidad empíricamente observable (Bidet, 2007, p. 174; Callinicos, 2014, p. 132). Aproximarse al concreto se refiere más bien al aumento gradual de la complejidad conceptual como resultado de introducir cada vez más conceptos y de especificar sus interrelaciones; las abstracciones metodológicas de los momentos previos, conforme se sitúan dentro de una estructura teórica cada vez más elaborada, son gradualmente superadas.

Marx deriva esencialmente todos los conceptos fundamentales de su crítica de la economía política desde la asunción del intercambio generalizado de mercancías. Lo que muchos comentaristas pasan por alto es que Marx también se basa en ciertos presupuestos socio-ontológicos cuando construye dialécticamente su sistema. Consideremos, por ejemplo, el rol de la duración «natural» de la jornada laboral -es decir, el hecho de que los seres humanos necesitamos dormir- o la base «natural» del plusvalor -la habilidad humana de producir más de lo que es necesario para la reproducción del individuo-. Estos son dos hechos muy significativos, y ambos juegan un rol importante en la progresión conceptual de El Capital. Ninguno de los dos puede, sin embargo, ser derivado de las estructuras históricamente específicas de la sociedad capitalista. Estas son, en su lugar, características de las sociedades humanas como tal, independientemente de sus variaciones históricas; ellas forman parte de una ontología de lo social -lo cual incluye también hechos de la naturaleza, como muestra el ejemplo-.

Esto demuestra que existen dos presupuestos teóricos independientes en el análisis del núcleo estructural del capitalismo en Marx: (1) las presuposiciones socio-ontológicas que incumben a toda forma de sociedad y (2) el hecho histórico consistente en la generalización de la forma-mercancía. La reconstrucción dialéctica de las estructuras y dinámicas del modo de producción capitalista parte, entonces, de asumir la existencia de elementos transhistóricos de las sociedades humanas, por un lado, y de un hecho históricamente específico respecto a una característica esencial del modo de producción capitalista, por otro. Desde estos dos tipos de presuposiciones, Marx construye los conceptos básicos de su teoría.

Esto no implica, sin embargo, que la crítica de Marx de la economía política pueda ser reducida a un análisis puro de las determinaciones económico-formales, como sostienen ciertos académicos (por ejemplo, Arthur, 2004b; Projekt-gruppe zur Kritik der Politischen Ökonomie, 1973; Reichelt, 1973). La crítica de la economía política es un análisis de las estructuras nucleares del capitalismo mediante un análisis dialéctico de las formas sociales, pero es también un análisis de la historia del capitalismo, más específicamente del capitalismo británico del siglo XIX. Las partes empíricas e históricas de El Capital y los manuscritos relacionados no son simples ilustraciones de conceptos.

No solo contienen a menudo análisis históricos y empíricos sustanciales con derecho propio; en ciertos puntos también entran en el desarrollo conceptual, como demuestra el ejemplo de la duración natural de la jornada de trabajo.5 Marx sostiene que la «forma dialéctica de exposición es correcta solo cuando conoce sus límites» (29:505). Lo que previene a las partes empíricas e históricas de la crítica marxiana de colapsar frente a un acopio caótico de datos, no obstante, es precisamente que están presentadas dentro de una estructura teórica sistemática construida por medio del desarrollo dialéctico de conceptos; es este método el que «indica los puntos donde las consideraciones históricas deben entrar» (G: 460).

En mi análisis del poder económico del capital intentaré seguir el procedimiento de Marx. Pero en vez de comenzar por la forma-mercancía, me basaré en su análisis y procederé a partir de lo que considero la definición más simple de capitalismo: una sociedad en la cual la reproducción social está gobernada por la lógica del capital en un grado significativo. Esta es una definición vaga; ¿qué es exactamente «un grado significativo»? Eludir tal vaguedad no es, empero, ni posible ni deseable si queremos estudiar formaciones sociales históricas. No existen barreras históricas absolutas entre las sociedades precapitalistas y el capitalismo; la cuestión de si una sociedad es o no capitalista no siempre es una cuestión de más o menos. Sin embargo, esto no supone un problema para mi teoría, en la medida en que no me concierne la emergencia histórica del capitalismo. En otras palabras, mi análisis presupone que la reproducción social está gobernada por la lógica del capital en un grado significativo.

Por consiguiente, intentaré construir una teoría que desentrañe las formas de poder inscritas en las determinaciones esenciales del modo de producción capitalista. En contraste con el procedimiento de Marx en El Capital, no pretendo proveer análisis empíricos e históricos sustanciales. Aunque ocasionalmente integraré datos empíricos e históricos en mi presentación, estos tendrán el estatus de ejemplos e ilustra-iones más que de análisis exhaustivos.

Abstracciones

La proclama de que es posible aislar e identificar analíticamente las estructuras nucleares que dan lugar al carácter capitalista de las sociedades capitalistas no implica sostener que existe algo así como una lógica del capital que opera independientemente de su contexto social particular. El capitalismo en su promedio ideal es una abstracción teórica. No hay nada de misterioso en esto; al contrario, la construcción de dichas abstracciones es un procedimiento analítico completamente normal. En «el análisis de las formas económicas ni los microscopios ni los agentes químicos sirven de ayuda», como Marx explica en el prefacio de El Capital: «[e]l poder de la abstracción debe reemplazar a ambos» (C1:90). Curiosamente, un cierto número de críticos de este tipo de análisis parecen no tener en cuenta esta simple apreciación.

Por ejemplo, cuando Timothy Mitchell (2013, p. 213) re-chaza «la visión de que, independientemente de las variaciones locales, llegado a cierto nivel el capitalismo siempre hace lo mismo o tiene el mismo efecto», cabe preguntarle algo muy simple: ¿qué hace posible categorizar a sociedades diferentes como «variantes» del capitalismo? Esto presupone obviamente una noción abstracta del «capitalismo». Y, por supuesto, el capital siempre hace lo mismo: valoriza el valor mediante la explotación del trabajo -aquello por lo cual lo llamamos capitalismo-.

Dado que mi propósito es decir algo acerca del poder económico del capital, ignoraré el papel que juegan tanto la ideología como la violencia en la reproducción de las relaciones de producción capitalistas. Para prevenir cualquier malentendido aquí, quiero enfatizar que esto no significa que considere a estas formas de poder como secundarias o desechables. Al contrario: sostengo que ambas son necesarias para la existencia del capitalismo. El marxismo tiene una larga tradición de teorías de la ideología -desde Wilhelm Reich, pasando por Antonio Gramsci y Louis Althusser a Slavoj Žižek- que ha demostrado convincentemente que el capitalismo nunca hubiese podido existir sin dar forma a cómo pensamos. Lo mismo es válido para la violencia.

El capitalismo no solo vino al mundo en un mar de violencia; en todos los estadios de su desarrollo histórico la coerción física ha sido necesaria para hacer valer los dictados del capital.6 La violencia organizada del Estado no fue únicamente necesaria durante la creación histórica del capitalismo, también continúa jugando un rol crucial en su reproducción. Sin una institución social dotada de «el privilegio y voluntad de forzar la totalidad» (G: 531), como Marx sostiene, no es posible organizar la reproducción social sobre una base capitalista.

Este descubrimiento recibió una articulación teórica sofisticada y particularmente aguda en el llamado debate derivacionista de los 70, el cual generó un montón de descubrimientos importantes acerca de la naturaleza del Estado capitalista y las formas bajo las que las contradicciones inmanentes de la producción capitalista hacen ciertas funciones del Estado necesarias (ver Elbe, 2008, pt. 2; Holloway & Picciotto, 1978b). Pero la violencia también ayuda a reproducir el capitalismo de otras maneras y a otros niveles de la totalidad social. Por ejemplo, las académicas feministas han puntualizado que la violencia sexual es uno de los mecanismos mediante los cuales las mujeres son relegadas a la esfera del trabajo reproductivo (Mies, 1984; Valentine, 2012).

Aunque es cierto que el sistema capitalista requiere de un Estado con la capacidad de emplear la violencia para garantizar los derechos de propiedad, manejar las relaciones de clase, construir infraestructuras, etc., también lo es que ese Estado no es el agente primario en la organización de la reproducción social en el capitalismo. El elemento característico en referencia a la separación entre «lo político» y «lo económico» en el capitalismo es -como Wood (2016, p.31) sostiene elocuentemente- que ello implica «una separación completa de la apropiación privada de los deberes públicos» y, por lo tanto, «el desarrollo de una nueva esfera de poder completamente devota a lo privado en lugar de a los propósitos sociales».

En esta nueva esfera de poder la vida social está sujeta a la lógica de valorización principalmente a través de una compulsión muda. La elección de centrarse en el poder económico del capital significa que el estudio presente solo apuntará a un entendimiento parcial del poder del capital.

Para construir una teoría completa sobre el poder del capital sería necesario combinar la teoría del poder económico del capital con teorías de la ideología y la violencia.7 Lo que sostengo no es, pues, que el capitalismo solo descanse sobre la compulsión muda del capital, o que haya una tendencia históricamente necesaria de que otras formas de poder desaparezcan gradualmente. La teoría desarrollada en este libro tiene la intención de permitirnos ver cómo el poder del capital es operativo incluso cuando la dominación ideológica y coercitiva están ausentes.

Visión general

Este libro está dividido en tres partes. La primera trata sobre las condiciones, en un sentido bifacético: por un lado, las condiciones conceptuales de la teoría presentada en el resto del libro y, por otro, las condiciones reales del poder económico del capital. En el primer capítulo examino el uso de Marx de conceptos como poder y dominación y analizo los conceptos de poder y capital con el fin de especificar qué significa «el poder del capital». En el segundo capítulo proporciono una revisión crítica de las formas en que los pensadores marxistas han abordado la cuestión del poder. En el resto de la primera parte -de los capítulos tres al cinco- procedo a desarrollar la ontología social del poder económico, esto es, una teoría de por qué algo como el poder económico es siquiera posible. Esto implica dirimir el rol que juega la noción de la naturaleza humana en la teoría de Marx, al igual que examinar la original y a menudo olvidada aproximación marxiana acerca del cuerpo y del metabolismo humanos en relación al resto de la naturaleza.

La parte dos indaga en una de las dos fuentes del poder económico del capital: las relaciones de producción. Siguiendo a Robert Brenner, distingo dos conjuntos fundamentales de relaciones sociales, cuya unidad constituye las relaciones de producción capitalistas: por un lado, un grupo particular de relaciones horizontales entre unidades de producción, así como entre los productores inmediatos; por otro, un grupo particular de relaciones verticales (de clase) entre los productores inmediatos y aquellos que controlan las condiciones de reproducción social. El capítulo seis examina las relaciones verticales, es decir, la forma de la dominación de clase presupuesta por la producción capitalista, y concluye con una discusión del concepto de biopolítica. Este análisis de la clase da pie a polemizar sobre la relación entre la lógica del capital y la producción de diferencias sociales y jerarquías en torno al género y la racialización, lo cual supone el tema del capítulo siete. En los capítulos ocho y nueve examino las formas de poder que brotan de las relaciones horizontales de producción, incluyendo la importante cuestión, frecuentemente olvidada, acerca del nexo entre estas relaciones y las relaciones verticales estudiadas en el capítulo seis. Los conceptos centrales aquí son el valor y la competencia, los cuales sostengo que deberían ser entendidos como mecanismos de dominación que subyugan a todas las personas, independientemente de su condición de clase, a la lógica del capital.

Las relaciones sociales examinadas en la parte dos dan lugar a ciertas dinámicas que son simultáneamente un resultado y una fuente del poder económico del capital. Dicho de otro modo: el poder económico del capital es, en parte, el resultado de su propio ejercicio. Estas dinámicas -la segunda fuente principal del poder económico del capital- es el tema de la tercera parte.

En el capítulo diez analizo el remodelamiento del proceso de producción realizado por el capital dentro del lugar de trabajo. Partiendo de un análisis de la metamorfosis de la compulsión abstracta del mercado y pasando por la autoridad despótica del capitalista, discuto las formas a través de las cuales la subsunción real del trabajo incrementa el poder del capital mediante la descualificación, la tecnología, la división del trabajo…

En el capítulo once procedo a examinar cómo la misma dinámica resulta visible en la relación del capital con la naturaleza. La mayor parte de este capítulo se dedica a analizar el ejemplo concreto de la compulsión muda del capital, concretamente el de la subsunción real de la agricultura en los siglos XX y XXI. En el capítulo doce sostengo que el concepto de subsunción real también puede ser utilizado para entender la llamada revolución logística desde los 70 en adelante, la cual supone la encarnación definitiva de la tendencia, inherente al capital, de «aniquilar el espacio a través del tiempo», como dice Marx. Por último, el capítulo trece aborda la cuestión de la población sobrante y las crisis defendiendo que la tendencia del capital a expulsar a las personas de sus circuitos y a ponerse límites a sí mismo debería tenerse en cuenta como un mecanismo mediante el cual la lógica de la valorización se impone en la vida social.

Estos trece capítulos proporcionan el aparato conceptual que nos permite entender la compulsión muda del capital: localizar sus fuentes, identificar sus mecanismos, explicar sus formas, distinguir sus diferentes niveles y determinar la relación exacta entre ellos -en otras palabras, nos proporcionan una teoría del poder económico del capital-.

1 Ver (Luxemburg, 1972, p. 468s).

2 En las ediciones inglesas de El Capital, el término alemán stumme Zwang es habitualmente traducido -aunque incorrectamente- como compulsión «silenciosa» u «opaca».

3 Para una crítica marxista de Bourdieu, Giddens, Latour, Haber-mas, Luhmann, Honneth y Laclau y Mouffe, ver (Callinicos, 2004; Desan, 2013; Henning, 2015; Malm, 2018c; Postone, 2003; Rei-chelt, 2013; Wood, 1999).

4 Marx pretendía que los libros segundo y tercero de El Capital -lo que Engels editó como segundo y tercer volumen- se publicaran juntos en un solo volumen, que constituiría el tomo segundo. El tercer tomo debía consistir en el libro cuarto, que contendría una historia de la teoría económica.

5 Uno de los indicadores del compromiso de Marx con la recopilación, el análisis y la presentación de material empírico es el hecho de que actualizara los datos utilizados en el primer volumen de El Capital para la segunda edición. Para una buena exposición del método de Marx, véase Heinrich (1999a, capítulo 5).

6 Ver (Beckert, 2015; Gerstenberger, 2014, 2018a, 2018b; McNa-lly, 2020).

7 Los althusserianos podrían insistir aquí en que la ideología es una práctica material y que mi distinción entre poder ideológico y poder económico es falsa, pues ambos pertenecerían a la categoría de ideología (Althusser, 2014, p. 258s). Para una crítica convincente de una extensión tan extrema y analíticamente inútil del concepto de ideología entre ciertos althusserianos, ver (Barrett, 2014, p. 89s; Eagleton, 1996, p. 149).